domingo, 31 de enero de 2010

Las competencias en la práctica docente.

El término competencia puede analizarse desde diversas perspectivas técnicas, políticas o éticas y alude de manera general a una serie de capacidades reales o potenciales para llevar a cabo una tarea o un proceso con grado plausible de efectividad. Es necesario reconocer que a raíz de su uso continuado –de un tiempo
para acá- se ha incurrido en una serie de imprecisiones surgidas de la multiplicidad de aplicaciones que han propiciado que la denotación de dicha palabra se evada o dificulte su comprensión.

En el ámbito educativo y merced a la influencia enorme y que en diversos sentidos han originado los procesos de globalización y libre mercado en países con economías dependientes y en vías de desarrollo como la nuestra, las competencias hacen referencia a las capacidades que los estudiantes deben desarrollar para insertarse satisfactoriamente en el mundo del trabajo para poder sobrevivir en su contexto social y en el que concreta sus intercambios ordinarios.

Las competencias nos remiten también a un fin primordial: la consecución de la estandarización de los procesos y resultados educativos que coadyuven a la certificación de las instituciones de manera que, cuando el sujeto social, intervenga en los procesos productivos -para los que fue preparado- pueda dirigirlos con la certidumbre requerida. En esta parte, indudablemente, las habilidades intelectuales, específicas y de relación social y actitud juegan un papel central. Sólo desde este enfoque pueden alcanzarse dentro de un proceso los resultados deseables u óptimos de acuerdo a parámetros previamente establecidos.
En la conceptualización de competencias se indican también “las capacidades de pensamiento crítico” como parte sustancial de las mismas. A este respecto quiero expresar una divergencia, pues la filosofía utilitarista de la productividad y la dinámica de los mercados internacionales de los que emerge en cierta forma el sentido actual del término que estamos intentando precisar, impiden el uso libre y creativo de la capacidad de imaginar. Esta afirmación se sustenta en que el carácter técnico y organizativo del proceso productivo sobredetermina la acción del sujeto sobre el mismo, de tal modo que la posibilidad de incidir críticamente es nula -o en el mejor de los casos- se reduce significativamente. Es necesario aseverar además, que esta precisión tiene validez general si al hablar del ejercicio del pensamiento crítico nos referimos a la capacidad creadora y ordenadora así como a los márgenes de libertad que debe de tener un individuo al momento de resolver un problema, enfrentar situaciones de conflicto o tomar decisiones que tengan que ver con su inmediatez. De todo esto se infiere en última instancia, que la acción libre del sujeto y el despliegue de sus capacidades constructivas y de pensamiento crítico, se coarten de antemano por un quehacer enmarcado, que busca desencadenar respuestas predecibles orientadas a la eficacia de un proceso.

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