domingo, 31 de enero de 2010

¿Existen proyectos educativos del gobierno para los pueblos indígenas?

En Zacatecas no existe ningún proyecto educativo relacionado con los indígenas porque no los hay. Sin embargo diré lo que sigue. Los textos leídos que sirven de base para elaborar el presente trabajo, en realidad no aportan nada nuevo. En virtud de que, es conocida por la sociedad, la situación que ha prevalecido desde hace mucho tiempo, en los pueblos y comunidades indígenas. Hablar de los nexos que hay entre los planteamientos del Plan Nacional de Desarrollo 2007-2012, y las acciones concretas que se están llevando a cabo al respecto, -salvo escasísimas excepciones- es referirnos a una relación prácticamente inexistente… dada la magnitud del problema.

Por otro, lado el reconocimiento de que aún no se ha hecho lo suficiente por los indígenas en nuestro país, me parece una expresión de exacerbada hipocresía institucional. Es la aceptación de una omisión gravísima e intencionada –y formulada a ultranza- que sólo pretende lavar la conciencia del poder “al modo de Pilatos” y exonerar a los culpables que ya han sido colocados por el juicio de la historia en el sitio que les corresponde por sus acciones con los indios. El Estado, los gobiernos propiamente dichos, siempre han pretendido tener el control absoluto de los hilos con que se mueve el entramado de las relaciones sociales, económicas y políticas en México. De modo que, cuando se habla de proyectos enfilados al cambio de la situación que nos ocupa y que se propone el involucramiento de distintas instancias de gobierno, de las propias organizaciones indígenas y de otros movimientos de carácter independiente. Es claro que el gobierno persigue abanderar estos procesos para capitalizar las coyunturas, adquirir más fuerza y seguir manteniendo el control.

La inmensa mayoría de los mexicanos siempre hemos tenido una profunda desconfianza a todo lo que provenga del gobierno… a cualquier cosa en la que se perciba el hedor de las instituciones y las instancias que casi nunca solucionan nada. Y esto es absolutamente cierto al referirnos a la cuestión indígena. Este fenómeno, es producto de la relación sui géneris que ha existido entre gobierno y sociedad desde nuestra constitución como nación independiente. En la actualidad, este hecho ha llegado a desfiladeros impensables y si no que lo digan los defensores de los derechos humanos de los indios que han sido asesinados, encarcelados o desaparecidos. ¡Si Digna Ochoa hablara! Que lo digan los indígenas zapatistas masacrados por el gobierno, los que están presos todavía, si pudieran expresarse los reprimidos y asesinados de Atenco y las mujeres violadas a las que no se les hizo justicia… que lo digan los masacrados de Acteal… es más pregúntenle a Xóchitl Gálvez que fue lo que hizo durante su gestión en el organismo que presidió, que hablen los líderes de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca… y sería un ¡Qué hablen! muy extenso para el que el espacio diminuto de una cuartilla sería insuficiente.

De modo que, lo que el documento en cuestión señala respecto a este asunto es un catálogo de buenas intenciones y ya sabemos que, la historia nos lo ha dicho… “desde Fray Bartolomé de las Casas a la fecha… el camino por donde han transitado los indios ha estado empedrado de buenas intenciones …”


Diagnóstico de la población indígena en Zacatecas.

Según la información contenida en: “Los indicadores socioeconómicos de los pueblos indígenas”, sólo cuatro entidades de la república mexicana, no cuentan con presencia de población indígena: Aguascalientes, Baja California Sur, Colima y Zacatecas. Pero según datos contenidos en el INEGI, la población indígena existente en este Estado es escasísima. De acuerdo a los datos contenidos en el último censo realizado en el año 2005:

NOMBRE DEL MUNICIPIO

Tepetongo, Zac. : 32
Valparaíso, Zac. ( Sólo en la comunidad de Cuervitos): 32
Total de población indígena: 64


Las características socioeconómicas de esta población son las siguientes:

Pertenecen a la etnia de los huicholes se dedican a la agricultura y a la elaboración de artesanías que comercian en las comunidades o en las cabeceras municipales aledañas a los municipios señalados. El grado de marginación es altísimo pues no tienen una actividad económica que les permita tener ingresos estables. Además no se tiene conocimiento de que haya programas oficiales para subsanar este hecho. En tales circunstancias están orillados a la extinción.

Otra situación que deseo mencionar es que en la ciudad capital del Estado de Zacatecas, hay siempre indígenas huicholes, pero no de los originarios del Estado. Provienen de Jalisco y se dedican también, a vender artesanías en las aceras de las calles, en los puentes, y no pocos de ellos deambulan viviendo de la caridad pública.

Otro dato que llama la atención, es que recientemente la Gobernadora del Estado Lic. Amalia García Medina, lanzó una convocatoria para un concurso denominado. “Hablantes de lenguas indígenas prehispánicas en Zacatecas”, y después de estar abierta un tiempo considerable, se declaró desierta…

No obstante no haber población indígena en el Estado donde laboro como profesor, elegí esta especialidad por las siguientes razones:

a) Me interesa la problemática que han enfrentado siempre los indígenas y considero que es urgente abogar por su sobrevivencia, el rescate de su cultura y la defensa de su dignidad.
b) Zacatecas es uno de los Estados de la república que tiene -junto con otros estados- los más bajos niveles de desarrollo social y calidad de vida.


c) Los contextos socioculturales en Zacatecas son diversos y están caracterizados por la pobreza, el desempleo, la marginalidad y la escasez de oportunidades. Por lo que la emigración se ha incrementado los últimos años y se ha traducido en una fuga de capital humano, verdaderamente lamentable.


d) Por otro lado, la familia tradicional, se ve amenazada por otros factores que antes no preocupaban, tales como: el incremento del alcoholismo y la drogadicción en los jóvenes y las reducidas expectativas que hay para escalar socialmente y vivir con tranquilidad… sólo por mencionar algunos.

e) La cuestión educativa, ligada intrínsecamente a todos los problemas señalados, es aquí donde tiene qué incidir.

Análisis del concepto de cosmovisión.

La cosmovisión es el conjunto de representaciones existentes en la conciencia del hombre, como producto de su relación con el mundo natural y con los demás hombres. De esto se desprenden, el concepto que tiene de sí mismo y su forma peculiar de ver a los otros, al mundo de la naturaleza, y coadyuva a definir el lugar que ocupa dentro del cosmos.

La cosmovisión indígena, es resultado de la relación que ha guardado desde tiempos inmemoriales con la naturaleza. Pero se origina también, en la práctica social en general, entendida como la compleja red de relaciones, en que se expresa su hacer social. En buena medida, sus sistemas de ideas, reorientan de manera permanente su quehacer en el mundo de lo concreto.

La práctica social, determina la cosmovisión, pero, ésta última, afecta a su vez, los rasgos esenciales de la práctica social. Hay pues una afectación recíproca. Se influyen mutuamente. Aunque uno de los planteamientos más interesantes de Marx, es que: “No son los contenidos de la conciencia lo que determina el ser social; sino por el contrario, es el ser social, el que determina la conciencia…”

Esto significa que en determinado momento, la naturaleza de las relaciones sociales y las prácticas socio-comunitarias, influirán de manera decisiva en la cosmovisión… que la cosmovisión en las prácticas sociales. Hay una sobredeterminación de la práctica social sobre los sistemas ideológicos. Así, los valores, los principios éticos y las normas, serán resultado básicamente de las relaciones socio-históricas y en mucha menor medida, de la cosmovisión propiamente dicha; entendida como cúmulo de ideas y representaciones.

Del intercambio simbiótico y profundo del indio con el mundo de la naturaleza, emanan sus valores, principios e identidad. En pocas palabras… su esencia; pero también allí, tienen su origen los contenidos de lo bueno, lo bello, lo justo y lo correcto; y de su concepción de la vida comunitaria en general. Ello significa que, lo que el indio concibe de sí mismo y de quienes con él coexisten -en una relación espacio-temporal- no puede disociarse de la forma en que ellos conciben la naturaleza. Dentro de todo este orden de ideas, sus territorios, no los ven como sus propiedad, algo por lo que irracionalmente deban de entrar en conflicto para no perderlos; sino que a su tierra la sienten como su madre, como el germen del cual surgieron, la que les da el alimento que nutre sus cuerpos, el aire que respiran a cada momento, los frutos y las flores.

Por todo esto, se considera que la cosmovisión indígena, atraviesa de manera transversal todas sus dimensiones existenciales: desde la práctica social concreta, hasta la espiritual. Y el eje en torno al cual ocurre todo este “recorrido dialéctico”, es su imperativo de afirmarse ontológicamente… como si su historia milenaria no hubiese sido suficiente para tal hecho.

Cosmovisión de la región Sureste del Estado de Zacatecas.

El Estado de Zacatecas carece de población indígena. No es posible hablar por lo mismo, de la existencia de una cosmovisión en el sentido en que la hemos venido entendiendo: como una construcción milenaria que se puede deducir de la memoria colectiva de los relatos, testimonios, leyendas, mitologías y costumbres. Pero si partimos del hecho de que no hay pueblo o grupo humano que carezca de una concepción del mundo, de sí mismo y de los demás, es factible hablar en términos generales de la cosmovisión de la gente que habita la región del SE (que comprende 5 municipios) entre los cuales se encuentra Villa Hidalgo, Zac., en donde está ubicado el Centro de Bachillerato Tecnológico agropecuario No 138. La cosmovisión de la gente que habita la región señalada –si es que hay algo que en sentido estricto pudiera denominársele así por las causas ya indicadas- no tiene una orientación de carácter filosófico en el sentido de las culturas indígenas estudiadas hasta ahora. Su visión se desprende ante todo, de las condiciones precarias en las que tienen qué luchar día a día por su existencia, por la consecución de los bienes materiales mínimos necesarios que posibiliten su vida. La tierra es parte de este esfuerzo cotidiano. Pero la concepción que tienen de ella carece de la investidura sacralizada y espiritual concedida a la misma por las culturas indígenas. Esta situación incide, en que los vínculos hombre-tierra no sean tan profundos. Su cultura mestiza, como la raza a la que pertenecen está signada por la presencia del semidesierto, las sequías y los malos temporales contra los que hay que combatir en época de siembra. Así su futuro es azaroso a tal grado que desde hace unos veinticinco o treinta años, los flujos migratorios hacia el vecino país del norte se han incrementado tanto, que los recursos enviados de allá son oro molido para la región en particular y para el desarrollo del Estado en general. Esto ha motivado que su cosmovisión se haya fragmentado entre el amor al terruño, a la familia, a las raíces… y el “American dream” del que depende la estabilidad económica en buena medida en la mayoría de los hogares de la región. Entonces con la identidad escindida, mezclada con ciertas dosis de malinchismo, estamos en presencia de una idiosincrasia y una percepción del mundo que están experimentando metamorfosis agudas, a tal grado que la cosmovisión y las prácticas culturales y las tradiciones ya están muy mezcladas con las costumbres de los gringos. Lo que me parece grave de este hecho, es que tal influencia muchas veces es superior a la ascendencia cultural de las escuelas en nuestro empeño por la preservación de la identidad nacional: niños y jóvenes -como sus padres- sueñan con irse a trabajar a los Estados Unidos de América. Gran parte de los que emigran, luego de un tiempo regresan con todas sus percepciones y costumbres de origen deformadas, aunque los rasgos básicos de su cultura permanezcan intactos. Y es así, porque después de todo estuvieron sujetos a un contexto hostil y a un proceso agresivo de aculturación, empezando por el idioma y a muchos otros aspectos sociales propios de los anglosajones a los que no pudieron integrarse ni asimilarse en modo alguno. Por ello, la cosmovisión de los habitantes de esta región del Estado de Zacatecas –y creo que en buena medida la de la mayor parte de la población migrante del Estado- se ha ido trastocando gradualmente, hasta devenir muchas veces en el desdibujamiento de la identidad histórica-cultural y la pérdida gradual del amor a la tierra como fuente de sustento. Al fin y al cabo la mejor tierra es la que le da a uno de comer -dirían ellos- Identidad escindida no es identidad. En donde no hay claridad de conciencia sobre la importancia de la preservación de los orígenes y de las raíces de las que provenimos, tampoco puede haber por consiguiente, cosmovisión ni memoria colectiva.

¿Existe población indígena en el Estado de Zacatecas?

En virtud de la inexistencia de población indígena en la región del Estado de Zacatecas (SE) donde está ubicado el plantel en que laboro, consideraré la problemática que prevalece en los indígenas caxcanes en las comunidades de Mesa de Palmira, Tocatic y Cicacalco en la Sierra de Morones del Municipio de Tlaltenango, Zac.

Los problemas que enfrenta la poca población indígena (número indeterminado) de esta región, no son radicalmente diferentes de los que aquejan a los indígenas de otros Estados y regiones de México. “Los dolores que aquejan a esta comunidad indígena son el despojo de sus tierras comunales, el desprecio a su condición y cultura indígena y la represión que han sufrido por defender lo suyo.” (1) Es desalentador que la estrategia de exterminio se concrete a través de la sustracción brutal e ilegítima que se ha hecho de sus tierras y territorios. Esto evidencia -entre otras cosas- la inexistencia de un propósito definido e intencionado para revertir el atraso que han padecido desde hace cinco siglos, y que no han sido jamás contemplados como sujetos de beneficio por parte de las políticas públicas.

Hasta donde se tiene conocimiento el gobierno local no ha hecho ningún esfuerzo digno de tenerse en cuenta para mejorar la situación. Esta población de indígenas sobrevive en el olvido y en condiciones muy precarias. Además no se vislumbra por ninguna parte un resquicio de luz que transforme en el corto plazo los rezagos e inequidades en oportunidades de mejoramiento y posibilidades de autonomía en la cual pudieran ejercer todos sus derechos. Nunca se ha visto ninguna intención de cambio por parte de los gobiernos, así lo expresan los propios indígenas caxcanes: “Los problemas de las comunidades indígenas son los problemas de la tierra, sufrimos invasiones, queríamos difundir el patrimonio que nos dejaron nuestros antepasados, tenemos el derecho y la obligación de defender lo nuestro.” (2)

Desde la época de la Colonia el objeto principal de la discusión y la lucha indígenas ha sido la tierra. Porque la tierra es el espacio vital del indio, pero es también la fuente de la riqueza. Al arrebatarles sus tierras, les clausuran también la posibilidad de sobrevivir, de desarrollarse y de ser; es decir, de mantener las condiciones mínimas necesarias que garanticen la permanencia de su raza, culturas y tradiciones.

Por la defensa de sus derechos han sido víctimas de todo tipo de represiones y atropellos. El Estado en lugar de asumir la responsabilidad que le compete, por lo menos con la instrumentación de políticas económicas y proyectos de desarrollo para dar respuesta a sus necesidades -que sufren en silencio- responde con desprecio e indiferencia y arremetiendo contra ellos. Los indígenas reconocen esta realidad ingrata: “…hemos sido encarcelados por sostenernos en la lucha.” (3) Esto se puede ilustrar de diversas formas, pero tal vez el modo más claro es que el conflicto más perceptible no es de la población mestiza con los indios, sino del Estado contra éstos.

(1) Viramontes, Vladimir, Revista Rebeldía No 53. EZLN. Artículo: “El otro Zacatecas” P. 37.
(2) Ibidem.
(3) Ibidem.


El Estado es considerado por los indígenas como algo potencialmente pernicioso y que en determinado momento les causará daño, como efectivamente ha sucedido. Es un represor desalmado que en contubernio con los ricos y los caciques -de las regiones en que los indígenas están establecidos- les han ido quitando lo poco que les queda. Las leyes, lamentablemente de nada les sirven, ya que “…la ley es utilizada como instrumento de despojo, porque aquí los indígenas han sido despojados por la ley, atemorizando a nuestra gente la natural de aquí.” (4)
Son los poderosos coludidos con los gobiernos, quienes han perpetrado indiscriminadamente “…la invasión y el despojo a territorios de la comunidad, se comete por terratenientes que están invadiendo nuestro territorio indígena.” (5) Así lo han denunciado los indígenas caxcanes del Estado de Zacatecas. Son más explícitos y contundentes al decir: “Nuestra lucha es la lucha por la defensa de la madre tierra…” (6) con lo que señalan las injusticias de que son víctimas y a la vez los nexos profundos que los ligan a ella. Este vínculo entre la tierra y el indio lo encontramos no sólo en Zacatecas sino también en todas las etnias de México y del Continente Americano.

La tierra es el elemento más relevante en las cosmovisiones indígenas y que aparece como la constante en todas las culturas. Es el fundamento en el que encuentran el sentido de su existencia individual y colectiva. Este sentimiento de unión intrínseca con la tierra –no como propiedad- sino como un factor sustancial de su ser es uno de los aspectos más significativos que se identifican en la cosmovisión de las etnias indígenas zacatecanas.

La visión epistémica indicada en las ideas anteriores, sugiere algunos rasgos que pudieran servir para conformar un proyecto pedagógico nuevo enfilado hacia la interculturalidad. En base a esta aspiración reformular los planes y programas de estudio considerando la existencia de la diversidad a la cual irían dirigidos e incorporando además, la diversidad de visiones existentes en cada Estado y región y que ahora están en el olvido.

Es seguro que a través de la educación y de la práctica social continua, se podrá caminar poco a poco en la senda desconocida de la diversidad. Necesitamos soñar todos juntos a la sociedad mexicana como un conglomerado pluricultural y multiétnico que avanza inexorablemente hacia mejores formas de relación humana, en donde nadie sea excluido por nadie ni por causa alguna y todos seamos respetados y reconocidas nuestras diferencias. La meta debe de ser la creación de esa sociedad multicultural en la que sea reconocida y fomentada la dignidad de todos sus miembros.

Referente a la cuestión educativa y como un recurso central para avanzar en la creación de una sociedad intercultural con todo lo que ello implica, propongo las siguientes líneas generales de acción:

1. Voluntad política para cambiar las condiciones de vida que prevalecen en la mayoría de los pueblos indígenas.


(4) Ibidem.
(5) Op. Cit. p.38.
(6) Ibidem.

2. Respeto efectivo a los derechos de todos incluido el de recibir educación.

3. Estructuración de planes y programas locales y regionales que contemplen sus prácticas culturales, costumbres y cosmovisiones, aunque se mantendrá siempre abierta la posibilidad del aprendizaje de nuevos saberes provenientes de otras cosmovisiones y culturas.

4. En las escuelas interactuarán mestizos y etnias y se crearán las condiciones para que se generen procesos de aprendizaje recíprocos.

5. Creación de espacios educativos donde lo diverso pueda ser incluido, reconocido y valorado.

6. Establecimiento de centros educativos en los territorios indígenas, administrados y conducidos por los propios indígenas.

7. Los programas de formación humana intercultural se aplicarán dentro de un marco de respeto a sus culturas, costumbres y sistemas de ideas considerándolos como algo único dentro del abanico plural de la mexicanidad y como algo que es necesario preservar.

8. Este paradigma de formación humana concebirá a la interculturalidad como la piedra angular que servirá de base para la génesis de una multiplicidad de oportunidades en la que todos quienes intervengan salgan enriquecidos, lo que a la postre originará una concepción más incluyente e íntegra de la condición humana.

Dentro del problema educativo que plantea la interculturalidad considero que lo primero que es urgente tomar en cuenta, son las necesidades e intereses de los pueblos indios y de los grupos sociales más vulnerables que desde siempre han sido excluidos del desarrollo, estigmatizados por el desprecio y reducidos a una estadística más en las instancias de gobierno.

Para realimentar esta visión, es necesario aceptar de entrada que los acercamientos e intercambios entre grupos humanos poseedores de cosmovisiones distintas, resultan fértiles porque se crean las condiciones para el surgimiento de experiencias nuevas y de productos inéditos. Por lo menos debemos admitir que se dan espacios -impensables en otras condiciones- para que esto suceda. “De allí que el problema central sea como integrar al indio a la nación.” (7) Si la educación es el camino, abonaremos en ese sentido, sobreentendiendo que ésta no puede estar desvinculada de otras decisiones de índole político y económico que deben ir paralelas, a fin de que el proceso educativo en cuestión, pueda incidir en la construcción de la interculturalidad. Salvado este obstáculo, los demás bloqueos de relación e integración, se irán dando como una consecuencia de la relación cotidiana, de la praxis propiamente dicha.

A veces el nivel teórico de análisis deviene en esquemas simplificadores de la realidad que se pretende explicar. Con esto quiero decir que las cosas no serán tan sencillas como aparentan, ya que “la situación actual de los pueblos indígenas se explica como un proceso de empobrecimiento y de la opresión de la cual han sido objeto…” (8) y un cambio inmediato sería impensable. Hay que superar en la relación social el binomio opresores-oprimidos que ha signado la historia de nuestro mestizaje racial y cultural y que durante mucho tiempo nos ha impedido avanzar. Urge demoler la visión discriminativa que hoy por hoy marca la relación entre el Estado y las comunidades indígenas, para superar la contradicción existente entre el discurso y los hechos, porque es innegable que “los pueblos indígenas constituyen los sectores más olvidados en cada uno de los países.” (9)

De lo expuesto podemos inferir que la problemática que enfrentan las etnias en todo el continente, tiene muchos factores en común, que pueden ser aprovechados en este esfuerzo de integración. Los avances han sido pocos pues “el propio discurso del mestizaje ha terminado significando la desindigenización.” (10) los contenidos de las posiciones oficiales sobre la situación indígena por tal motivo, son altamente discriminativas. Significan pretender la integración de los pueblos indígenas al mestizaje y a todo lo que signifique en términos de desarrollo, a condición de que dejen de ser lo que son. Esto implica la pérdida de sus saberes y culturas. Para nuestro propósito de crecimiento en la interculturalidad, esto carece absolutamente de sentido, porque de lo que se trata es del respeto y reconocimiento a lo que son y a lo que representan como parte integrante de las culturas mexicanas. Lo que se busca es que en este proceso de integración no se ponga en riesgo el ser del indio en cuanto tal, sino todo lo contrario: tiene que implicar el construir todos juntos una sociedad más incluyente donde la diversidad étnica y su multiplicidad de expresiones tengan la posibilidad de expresarse y de ser.

Una sociedad con tales características es la idónea para que la conjunción de cosmovisiones dé a luz a una forma de organización social superior fundada en la dignidad, la libertad y el respeto. Ningún espacio sería más sano para el desarrollo humano que aquel en donde no hubiera un sistema de ideas que prevaleciera sobre otros, pues no se puede ser mejor ni más humano sobre la base del desprecio. No hay que olvidar además que la tradición es parte sustancial de lo que un pueblo es, porque es algo que se configura en el actuar diario, en las relaciones concretas que los sujetos históricos establecen entre sí. La cosmovisión como la realidad misma no es absoluta, única e inamovible sino que se está recreando de manera permanente, como una consecuencia de la evolución del hombre. Esta recreación hace referencia al dinamismo de que están investidos los elementos constitutivos de la acción humana y al papel que desempeñan dentro de la vida ordinaria. Y es así, porque “la cosmovisión no es producto de la especulación sino de las relaciones prácticas y cotidianas…” (11) Esto implica que de ninguna manera es resultado de un proceso de elaboración teórica o de deducciones filosóficas, sin contacto alguno con lo inmediato. Por el contrario, se estructura en el actuar diario. “En mesoamérica por ejemplo, el cultivo del maíz es una de las causas primordiales de la unidad histórica.” (12) y en torno a él se han construido gran parte de las relaciones porque es el soporte para su sustento y sobrevivencia. Es por esto un factor central de la cosmovisión de estos pueblos que junto a otros elementos de la naturaleza adquiere un carácter sacro.

(8) Op. Cit.
(9) Manriquez, Gálvez, Nelson. Op. Cit.
(10) Ibidem.
(11) Austin, Alfredo. Tamoachan y Tlalolcan p.15.
(12) Tovar, Marcela y Chavajay Míriam. Más allá de la costumbre: cosmos, orden y equilibrio. P.47.


Considerando los contenidos y significados de la amplia gama de cosmovisiones y grupos humanos que coexisten en nuestro territorio nacional, requerimos transformar la sociedad actual en una en la que la solidaridad y no el egoísmo sea la que marque el rumbo, en una en cuyas decisiones prevalezca el espíritu comunitario y no los individualismos que excluyen y zahieren, en una en la que abunde la consideración por los más débiles y no la pugna por los intereses ruines de acumular poder o la tendencia a defenestrar al que igual que nosotros lucha por encontrar un espacio en el cual sea factible ser… pero ser con dignidad.

Por ello, requerimos retomar el sentido que inicialmente se tenía del contacto entre las culturas: “en sus orígenes la noción de interculturalidad partía del reconocimiento de lo diverso y de la identidad.” (13) Este sentido, en gran parte lo hemos extraviado y hay qué rescatarlo ya que no es posible modificar la arquitectura de las sociedades actuales sin algún fundamento ético que guíe las conductas consideradas socialmente deseables encaminadas a tal fin. Es impostergable arrancar de raíz los disvalores que hoy pervierten los escenarios humanos y sustituirlos por otros que sirvan para edificar no para derribar, que sirvan para enaltecer no para degradar.

En virtud de lo dicho, considero que sólo se puede ser más humano en la medida en que se conciba a lo diverso como perspectiva para enriquecer lo que somos en tanto pluralidad. El debate sobre la cuestión de la interculturalidad debiera centrarse en torno a los derechos y a la dignificación de las etnias, pues por desgracia, “el enfoque se ha centrado en las condiciones subalternas de estos pueblos indígenas.” (14) lo que ha conducido inevitablemente a establecer con ellas una relación de superioridad-dependencia y la óptica errónea nos impele a verlos como inferiores. En esta visión de menosprecio derrumbamos antes de haber construido cualquier posibilidad de una interacción entre iguales. Tenemos que construir juntos un punto de arranque diferente porque “se ha partido siempre de las contradicciones y el conflicto social que plantearon la opresión nacional y la explotación social como los aspectos inherentes a la cuestión indígena.” (15) Este es el tamaño del reto y las dimensiones de la responsabilidad histórica. Todos estamos convencidos de que desde el poder nada va a suceder. El cambio tiene que surgir de abajo, no en forma vertical y descendente, nuestra experiencia como pueblo nos lo ha enseñado. Esa masa -a veces amorfa y titubeante- denominada por algunos “sociedad civil” tendrá que desempeñar un papel de gran compromiso en todo el proceso, considerando además, los aportes que indudablemente emergerán desde la práctica educativa que es lo que directamente nos atañe. Por estas vías y muchas otras que se irán construyendo sobre la marcha, conduciremos a buen puerto la creación de una nación más fuerte y vigorosa fundada en la justicia social y en el respeto irrestricto a nuestra diversidad étnica y cultural.



(13) Maya, Ruth. Reformas educativas e interculturalidad en América Latina. Revista Iberoameri-
cana de Educación No 17: p. 105 -187.
(14) (15) Ibidem.

Situación y vivencia de la interculturalidad en mi escuela.

La población en la región sureste del Estado de Zacatecas es mestiza. Por tal motivo, en el tema que hoy nos ocupa, haré referencia a la población en contextos vulnerables, es decir, en situación de atraso social. El nivel de desarrollo socioeconómico de esta región del semidesierto zacatecano es singularmente bajo, fenómeno atenuado por la existencia de agua en el subsuelo que ha permitido la explotación agrícola, que palia en regular medida esta circunstancia crítica. La pobreza extrema fue rompiendo gradualmente los lazos que los campesinos mantenían tradicionalmente con la tierra a la que estuvieron vinculados desde siempre porque era la que les daba el sustento. Pero la situación fue cambiando gradualmente desde principios de la década de los setenta del siglo pasado en adelante, cuando el campo empezó a entrar en crisis a raíz del agotamiento del Modelo de Desarrollo Estabilizador y que ha llegado a extremos intolerables después de la entrada en vigor del TLC. Los precios de la maquinaria, los insumos, los costos de la energía eléctrica para uso agropecuario y la falta de apoyo para revertir la situación de atraso estructural en el campo entre otros, devinieron en la escasa rentabilidad de este sector de la economía. Este hecho propició que desde hace poco más de tres décadas, lo flujos migratorios aumentaran significativamente, lo que ha representado desde entonces, una fuga de capital humano considerable que profundizó aún más la crisis que ya golpeaba severamente a los grupos sociales más desprotegidos. Entre tanto, la escuela como un microcosmos dentro del complejo escenario social descrito, pleno de contradicciones, ha seguido su marcha. Aparentemente muda e inerte a los cambios que han sucedido a su alrededor. Los intercambios en su contexto se han dado entre alumnos que pertenecen a un nivel socioeconómico similar. Si se dan diferencias entre sus miembros, la mayoría de las veces no son sustanciales, salvo rarísimas excepciones. Pero más que las diferencias existentes, la lucha por la sobrevivencia es el rasgo distintivo que tienen en común la generalidad de las familias que habitan en esta región. Aquellos que poseen una estabilidad económica relativa, la han conseguido con mucho esfuerzo. Unos del producto del trabajo en la Unión Americana, otros dedicándose al comercio, unos más a la agricultura de riego; que no obstante los bajos precios de sus productos en el mercado –porque el gobierno ha protegido a la industria y se ha olvidado del campo- han logrado satisfacer sus necesidades mínimas y mantenerse en pie en un contexto nacional que en lugar de considerarlos, los excluye y los rechaza, porque los pobres para quienes gobiernan siempre han sido un estorbo. En este sentido, en la situación de la población mestiza con respecto a la indígena del resto del país, no se observan diferencias palpables. Por otro lado, la política económica de carácter asistencialista y paternalista que caracterizó a las políticas públicas fue, ayer como ahora, símbolo de desprecio.

Referente a esto es necesario establecer que no habiendo diferencias significativas de raza, posición social y nivel de ingresos, la discriminación como fenómeno sociocultural, prácticamente no existe. Por lo menos no por las causas indicadas. Y es así en virtud de que no hay coexistencia de población mestiza e indígena. Entonces el proceso de integración humana al grupo social, no representa un problema. El hecho de compartir la misma condición los hermana porque la mayoría subsiste en un atraso semejante y la discriminación entendida como proceso de rechazo y exclusión prácticamente no se observa.

Las carencias que comparten y la lucha por subsistir, estrechan sus vínculos en lugar de disolverlos. En el contexto señalado, la educación y por ende, la labor cultural y concientizadora de la escuela, ha propiciado el surgimiento de visiones distintas, orientadas a superar la situación de atraso al concebirse en la percepción popular a la labor formativa de la escuela como un trampolín de acceso a mejores condiciones de vida. La función de la escuela –aunque en muchos aspectos esté a la zaga- no ha dejado de reconocerse. Y es además un instrumento social que estandariza, que diluye algunas diferencias entre sus miembros, lo que estrecha los lazos de identidad entre los alumnos, al saberse parte de un todo en donde son aceptados y su quehacer reconocido y valorado.
De modo que las relaciones sociales entre los habitantes de esta región del Estado y específicamente entre los estudiantes, más que estar caracterizadas por la convivencia intercultural, están marcadas por la lucha cotidiana por sobrevivir. Se vive, piensa y actúa en función de necesidades y de la pugna diaria por obtener los bienes que las familias requieren. Por tanto, la interculturalidad como no existe no representa un problema de integración humana. Así que más que pensar en tal situación como un conflicto que haya que solucionar, es urgente ensayar fórmulas que permitan el desarrollo económico y social. Y esto, sin lugar a dudas, no puede hacerse desde el aula, sino desde las políticas económicas –que no siempre son las mejores- y que deben de poner en marcha los tres niveles de gobierno y en las que debe de involucrarse la sociedad en general para allanar el camino a la construcción de una democracia participativa o directa y dejar atrás los simulacros sesgados que los políticos tradicionales y corruptos llevan a cabo actualmente para justificarse. No obstante la afirmación anterior, es obvio que la escuela siempre va a tener una parte importante que desempeñar, a través de su función culturizadora y educativa y que coadyuva permanentemente en una recreación de las relaciones humanas y de todos los procesos de interacción social, orientados a la creación de grupos y sociedades más justas e igualitarias, más creadoras y autónomas. Por ello, las estrategias docentes dentro del contexto que nos ocupa – y hablando ya de soluciones- tendrán que encauzarse a generar en los alumnos una conciencia de mayor equidad en las relaciones interpersonales y de grupo; pero también, una mayor apertura al reconocimiento y aceptación de la diversidad étnica y cultural como una experiencia que tenemos que vivir para ser mejores en todos los sentidos. Junto a las decisiones en materia política y económica, la escuela tiene que hallar procedimientos para estrechar los vínculos –ahora laxos- entre el hombre y la tierra, dándole otra orientación a los procesos formativos que se concretan en el contexto escolar en general. Porque junto a la aceptación de los demás hombres y a la pluralidad de visiones, en todas las escuelas debiera enseñarse el amor por la tierra y por la naturaleza, para experimentar nuevamente la comunión con las raíces extraviadas, propias de nuestras culturas ancestrales. Desafortunadamente no es así. Se ha trastocado la relación mística y profunda que existía entre nuestros antiguos indígenas y la tierra por un sentimiento de confusión y desprecio, porque la dignidad maltrecha de nuestros campesinos e indígenas agoniza. Entonces aquí estamos no sólo ante una dificultad educativa y cultural propiamente dicha, sino también y antes que todo, frente un conflicto de desarrollo social y humano que debe de ser atendido. Es un problema que trasciende los alcances de la escuela. De tal manera que en la región de la que hablo no está en cuestión la interculturalidad sino la búsqueda de alternativas para que el ser social mestizo pueda desplegar su capacidades e interrelacionarse con los demás en un marco de respeto y reconocimiento de la heterogeneidad que es algo que también está más allá de la cuestión étnica propiamente dicha.

Definiciones de interculturalidad y de educación intercultural.

En una sociedad tan compleja y diversa como la nuestra y desde la lógica del poder hablar de interculturalidad, pudiera parecer una aberración, algo innecesario y sin sentido, porque la sociedad -tal como la conocemos- funciona en base a las diferencias establecidas y a la desigualdad como condición necesaria para que unos cuantos vivan con todos los privilegios y la mayoría carezca de los bienes elementales. De modo que para vivir la interculturalidad, hay qué eliminar las condiciones que favorecen tales diferencias. Hoy por hoy, esta aspiración se muestra como un imperativo, sobre todo si queremos trascender como país ciertas rémoras que hemos venido arrastrando desde hace mucho tiempo y que han impedido la construcción de una sociedad en donde la pluralidad sea admitida como necesaria, para poder acceder a relaciones más justas socialmente hablando y a estándares de vida dignificantes. Gran parte del desprecio por lo diferente, tiene sus orígenes en el proceso de avasallamiento brutal de que fuimos víctimas como pueblo durante trescientos años (La época de la Colonia) y la dominación de la que fuimos producto nos hizo experimentar –más temprano que tarde- desprecio por todo lo que es distinto. Es una supervivencia manifiesta de la Conquista. Este argumento, aunque hipotético, es el germen de una multiplicidad de actitudes enraizadas que han bloqueado en nuestra conciencia mestiza, la aceptación de prácticas interculturales y el admitir como deseable la condición del otro, cualquiera que ésta sea. El problema está en cómo cambiar la percepción que tenemos de nosotros mismos para poder modificar la concepción que tenemos de los demás y enfilarnos hacia la aceptación de la diversidad. En este contexto la interculturalidad significa que todos quienes somos parte de este conglomerado humano denominado México, percibamos las diferencias existentes entre nosotros, que se hacen patentes por la raza, las lenguas, la situación económica, la condición social y cultural, entre otras y que no obstante este reconocimiento –que debiera de ser un descubrimiento maravilloso y extraordinario- veamos en la convivencia constructiva y edificante, el camino para la creación de una sociedad diferente basada en el respeto y en la colaboración. Para alcanzar una experiencia humana semejante, se requiere transformar la cultura, des-aprender lo que hemos asimilado como cierto y reeducarnos gradualmente bajo esquemas y paradigmas éticos más humanos e incluyentes. Estos nuevos aprendizajes se tendrían que dar desde todos los ángulos de las relaciones sociales y en todos los espacios, ya que no es fácil deshacerse del fárrago de prejuicios e ideas erróneas que están incrustadas en lo más profundo de nuestro ser social y que hemos aceptado desde hace muchas generaciones como aceptables y ciertas. Las relaciones de las que hablo han estado signadas por el desprecio, la intolerancia y el racismo. Eso nos ha dividido en lugar de unirnos… nos ha debilitado en lugar de fortalecernos. En pocas palabras, nos ha conducido a despreciar lo que es nuestro, lo que somos en esencia. Pero la inversión de valores que propongo, no se va a dar por generación espontánea. Se requiere incluir en todos los intercambios y mecanismos sociales y culturales, formas de relacionarnos que coadyuven a trascender poco a poco la condición de odio y menosprecio a los que son distintos. Tiene que ver con un concepto que me gusta mucho por todo lo que implica: aceptación de la diversidad. Hay que allanar el camino, incorporando ideas y modos de relación humana que posibiliten el tránsito de una interrelación sujeto-sujeto que ha tenido como soporte la intolerancia, a otra que se oriente por la inclusión de lo diverso. Una sociedad es tanto más humana cuanta mayor

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capacidad tiene para reducir las diferencias entre los miembros que la integran. Un cambio en este sentido es posible. Y considero que una de las instituciones -entre otras- que desempeñarían un papel clave en tal cambio es la escuela. Se requiere educar en la interculturalidad para crear una sociedad mejor, más equitativa. Necesitamos derribar las concepciones de escuela y educación que funcionan como una criba e instrumentos de exclusión y discriminación basados en premios, recompensas y castigos. Desde la academia se puede impulsar una transformación ética sustancial para abonar a favor de la educación intercultural. Aunque no hay qué olvidar que las escuelas –al decir de Louis Althusser- han funcionado como aparatos ideológicos que reproducen las formas esenciales de la ideología burguesa dominante. Aparentemente tal ideología, representa a las escuelas como un medio neutro desprovisto de ideología. Por ello, si queremos crear una sociedad distinta construida en el reconocimiento pleno de la interculturalidad, es necesario que las generaciones actuales y las venideras, sean educadas bajo patrones axiológicos distintos, que vivencien las diferencias de unos con otros y que estos aprendizajes se transfieran a la compleja trama de las relaciones sociales en general. La escuela intercultural tendría mucho que decir. Los alumnos formados de esta manera, serían mejores personas, porque se reconocerían a sí mismos en los demás. Las aspiraciones y anhelos de los otros serían los propios. Las diferencias habrían dejado de existir. ¿No sería esto extraordinariamente benéfico? Cuestión de cambiar el carácter de la escuela y de modificar o rediseñar el papel que debe desempeñar en la realidad nacional. Debe dejar de ser un aparato ideológico de Estado, en el sentido señalado, para constituirse en el espacio privilegiado en donde los niños y los jóvenes, junto con las generaciones de adultos, exploren el significado de la interculturalidad y vivan la riqueza surgida de la diversidad y aprendan también el significado del respeto, pero no como una imposición arbitraria, formulada desde afuera, sino como un hallazgo que los puede llevar a una experiencia colectiva encaminada a descubrir todas sus posibilidades.

Implicaciones de la cosmovisión local en la educación tecnológica.

Considerando las ideas vertidas en las cosmovisiones locales y regionales existentes en gran parte de nuestro país, deduje algunas propuestas centrales que pudieran considerarse –si es que el Banco Mundial y el proceso globalizador nos lo permiten- en una reestructuración curricular para diversificar los elementos orientados al cuidado de la naturaleza y al fortalecimiento de la identidad cultural en nuestro país. Esta propuesta, está dirigida en parte a resarcir el daño caudado por la “reforma” curricular reciente que mutiló el bachillerato de la educación tecnológica, privilegiando las ciencias exactas y las correspondientes al componente de formación profesional y eliminando las asignaturas de humanidades que estaban encaminadas a la formación de la conciencia histórica y crítica de los estudiantes. El desprendimiento de estas asignaturas del plan de estudios, supone un intento de clausurar el diálogo y el cuestionamiento de los estudiantes sobre sus orígenes y el reconocimiento integral de su realidad. ¿No es acaso una aberración que haya desaparecido la asignatura de Historia de México por ejemplo? De por sí hay un desconocimiento garrafal de la historia patria y con este enfoque tecnocrático que se nos está imponiendo desde afuera, seguramente la situación va a estar peor, y por lo menos en el asunto que nos ocupa no vamos a llegar ninguna parte. Busco además -con estas ideas sueltas- fomentar el conocimiento de las realidades indígenas y una revalorización de nuestras raíces.

1. Incluir la asignatura de Historia Nacional –o como guste llamársele- en los seis
semestres del bachillerato.

2. La inclusión de una materia denominada: “Expresiones culturales y arte prehispánico”, de la que pudieran derivarse a su vez, asignaturas que cada semestre abordaran aspectos artísticos y culturales diferentes.

3. Una materia que se llame: “Literaturas indígenas”. Cada semestre se estudiarían en asignaturas diferentes todas las expresiones existentes en nuestro país.
4. Que se contemplara la enseñanza de las lenguas prehispánicas.

5. Otra asignatura que se llamara “Elementos constitutivos de las cosmovisiones indígenas en la América India”.

6. Una materia que se denomine: “Las filosofías indígenas de México”.

7. Considerar la asignatura de Ecología en todos los semestres del Bachillerato

8. Una asignatura que se llamara: “Cuidado de la naturaleza y el aprovechamiento racional de sus recursos”.

9. Otra asignatura que se llamara: Plurietnia e Interculturalidad.

Y que junto a este cambio en educación tecnológica, se optara por transformar verdaderamente, la forma de vivir de los indios, porque de otra manera esto de nada serviría. Necesitamos eliminar la soberbia de ser mestizos para poder reconocer con humildad la grandeza de los pueblos indios.

Cosmovisión del pueblo Tojolabal.

En verdad es sorprendente descubrir los nexos tan estrechos que existen entre las estructuras de lenguaje de los indígenas tojolabales y su cosmovisión. Lo que demuestra una vez más, que pensamiento y lengua están íntimamente interrelacionados, lo que se manifiesta en formas específicas de paralelismo y organización que afectan de manera sustancial su manera de estar en el mundo… es decir, coadyuva a que orienten su quehacer y tengan conciencia de su posición en él, hecho que determina también el modo único de concebir su existencia junto a la de los demás. La intersubjetividad está presente en el lenguaje, es inherente a su cosmovisión y se revela en la relación social, aunque pudiera no parecer nada extraordinario, en virtud de la naturaleza del hombre, proclive siempre a establecer vínculos. Esta correspondencia entre pensamiento-lenguaje-relación humana expresa la desbordante complitud de su cosmovisión como algo indivisible y singular. Pero también quiere decir otras cosas, como por ejemplo, que las personas no se perciben como entidades separadas de los mundos natural y humano. Por el contrario, se sienten unidas al cosmos y a la naturaleza, en todo encuentran la animación y el principio de vida. Es más, en la visión biocósmica, la integralidad del mundo material está animada, y dentro de él se concreta la multiplicidad de relaciones de unos hombres con otros, relaciones que están marcadas invariablemente por la idea de igualdad, lo que nos remite, sin duda alguna a su grandeza humana. Esto es lo que indica la intersubjetividad: el no imaginarse como seres separados. Aunque también es la característica constitutiva de una manera especial de ver y actuar en el ahora, que requiere ante todo acción recíproca y una desmesurada claridad de todas las causas y procesos de la realidad con la que interactúan y de la que son parte.

Reflexión sobre la relación existente entre los saberes académicos y los que se aprenden fuera de la escuela.

La entrevista aplicada a los alumnos del C.B.T.a. No 138, constó de diez preguntas, que tuvieron como propósito identificar la relación existente entre los conocimientos adquiridos en las escuelas (saberes académicos) y los aprendidos fuera de ella (saberes no académicos). Los resultados arrojados por este instrumento fueron interesantes, no obstante haber considerado sólo una muestra reducida –seleccionada aleatoriamente- del universo total de los estudiantes existentes en dicha institución.
Estoy convencido de que para establecer con precisión, alguna suerte de generalización que tenga cierto grado de validez, consideraremos de inicio que los aprendizajes o saberes, se efectúan en formas y contextos muy diversos a lo largo de la vida. Estas situaciones de aprendizaje, van desde las más ordinarias, como el contacto con las demás personas o la necesidad de resolución de algún cálculo matemático elemental, hasta aquéllas que están planteadas sistemáticamente -las de las aulas, laboratorios, talleres y el campo- y que tienen como fin, que los aprendizajes se den. Entonces, es una verdad indubitable que aprendemos en las circunstancias y condiciones más disímiles –incluso a pesar de nuestra voluntad- y sin que seamos conscientes de ello, como una respuesta permanente a las exigencias de adaptación que nos plantean los medios natural y sociocultural en que nos desenvolvemos.

Partiendo de las implicaciones de la aseveración anterior, mencionaré los aspectos más relevantes que descubrí en el análisis de la información vertida por las entrevistas mencionadas. Uno de ellos es, la relación surgida entre los saberes que son resultado de un proceso intencionado y aquéllos que no son producto de éste; sino que se originan como una consecuencia espontánea y a veces necesaria de la cotidianidad; a los que por cierto, no consideraríamos menos ricos o dignos de tenerse en cuenta. Y es así, porque surgen del sinnúmero de relaciones e intercambios que efectuamos diariamente, en todo momento con las cosas, las personas y las ideas.
Las conclusiones y consideraciones a las que llegué -aunque no tengan un carácter definitivo- son las siguientes: Los estudiantes saben hacer con precisión la distinción entre saberes académicos de aquéllos que no están revestidos de tal condición. Esto a primera vista, carece de significación especial pero no es así; ya que denota la diferenciación de las esferas de la realidad social, en que desarrolla su quehacer como ser comunitario, lo que no es poca cosa. El 80% de ellos, acepta que la mayor parte de sus conocimientos provienen de las vivencias ocurridas en el contexto escolar. Por lo menos hasta la edad que tienen los estudiantes de bachillerato (entre 15 y 18 años con algunas excepciones).
Este convencimiento es importante por dos razones: la primera, porque implica el reconocimiento tácito de la influencia decisiva de las instituciones escolares y de la nobleza inherente al quehacer de las mismas en nuestra sociedad. Y la segunda, porque sugiere el imperativo de innovar, a quienes estamos asumiendo esta función social. Nos lleva, ciertamente, a la necesidad de plantear situaciones de aprendizaje cada vez más diversas, que tengan sentido y significados para los alumnos, actuaciones pedagógicas en las que debemos de estar a la altura de las circunstancias.

Entonces, según lo dicho, saberes académicos y saberes no académicos son nociones perfectamente diferenciadas por lo aprehendentes. Aunque ellos saben que la escuela es parte de su propio mundo, ya que desde los primeros años acuden a ella, y asumen por lo mismo, que no está disociada del todo de las experiencias que experimentan fuera de su seno y le reconocen además, un carácter primordial e inmediato a gran parte de los conocimientos adquiridos.

Desde esta percepción de los orígenes de los saberes, sólo el 20% de los entrevistados afirman que -la escuela, la familia y el medio social en general- influyen por igual en los aprendizajes. No obstante que las relaciones sociales en su concepción más amplia, dan lugar a aprendizajes de gran complejidad, en las respuestas dadas, son reducidas a segundo término. Aunque a este respecto, yo me inclino a pensar –que por lo menos en los primeros años de la vida humana- el proceso es a la inversa de como lo sugieren los resultados obtenidos. Es decir, la escuela moldea y configura las tendencias que las personas ya poseen por naturaleza y las adquiridas en casa. Los rasgos heredados son reforzados o transformados por los efectos innegables de las circunstancias ambientales que enmarcan el desarrollo en las primeras etapas y que, en buena medida, también lo determinan. Además, no debemos olvidar la influencia recíproca que está presente en la mayor parte de los procesos.
Me sorprende también, que el 60% de los alumnos entrevistados, admitan que las actividades que más les gusta realizar, son aquéllas que tiene que ver con las materias que cursan. No dudo que muchas veces así sea. Pero digo que es sorprendente, porque a lo largo de mi práctica pedagógica, he observado que las constantes han sido el bajo rendimiento académico y el desinterés por los contenidos de aprendizaje en casi todas las asignaturas. ¿Qué no debiera de haber una relación directamente proporcional entre el gusto por las actividades académicas y los niveles de aprovechamiento?
Si estamos de acuerdo con las tendencias de las respuestas dadas, hay una sobredeterminación de los saberes académicos con respecto de los que no lo son. Y nuevamente no estoy de acuerdo. Porque si así fuera, todas las personas educadas e instruidas serían buenas y esto no siempre es cierto. Y además me he dado cuenta al paso del tiempo, que muchas veces, la escuela no logra rescatar a los alumnos de las influencias negativas y desintegrantes de que están plagados los medios familiar y social. Si así fuera, la institución escolar sería la panacea para resolver todos los problemas sociales. Aunque creo que en determinadas condiciones pudiera efectivamente serlo. Me voy a poner romántico: según las respuestas dadas y para beneplácito de todos, en el imaginario colectivo todavía se yergue enhiesta la egregia presencia de la escuela como creadora y recreadora de saberes; lo que no implica que desconozcamos la influencia decisiva de otras instituciones sociales como las iglesias o la familia. La función de los centros educativos, sigue siendo insustituible y por tanto, hay que salvaguardarlos y fortalecerlos. Visualizar esto, también me motiva a reafirmar lo siguiente: -aunque no sea nada nuevo desde luego- los saberes inician en el hogar. Después, estos aprendizajes, sentimientos, valores y emociones se extrapolan y diversifican, en las múltiples dimensiones del proceso socializador preconizado por la escuela. Desafortunadamente, muchos de los logros alcanzados son pervertidos por la “jungla social “, cuando los alumnos se internan en ella en su intento por sobrevivir.
Considero que lo importante de todo esto, es que la sociedad en general, admite la existencia de vínculos pedagógicos entre lo que hacen la familia, la escuela y las determinaciones del contexto sociocultural en su conjunto.
De cualquier manera, identifico también algunas contradicciones en las respuestas. Por ejemplo, en otra pregunta que les planteo referente a la relación que existe entre lo que se enseña en la escuela y sus necesidades; el 80% responde que hay una “relación regular” entre ambas, en tanto que el 20% asevera que existe ”poca relación” entre los saberes académicos que la escuela impone y sus necesidades en la realidad exterior. Es claro que no lo expresan con estas palabras pero yo lo traduzco así. En otras respuestas, reconocen que lo que se aprende en la escuela es interesante y útil, no obstante la desconexión aparente entre lo que la escuela proyecta y ejecuta y lo que los alumnos requieren para resolver su inmediatez. Esta deducción me conduce a pensar en dos cosas distintas: Debemos estar replanteando y rearticulando de manera permanente lo que hacemos en las escuelas, para estar en consonancia con las exigencias exteriores y no ser rebasados por la realidad que avanza más rápido que las soluciones que ofrecemos al problema educativo; y para justificar además, nuestra vigencia social como institución que ofrece alternativas de formación humana. Me preocupa también, el desconcierto de los estudiantes ante las alternativas de desarrollo intelectual que les ofrecemos, ¿Dónde estará el origen de su desasosiego? Quizás obedece a lo que Pierre Bourdieu definió como la violencia simbólica ejercida a través de los contenidos de aprendizaje, que terminan por no significar gran cosa para sus destinatarios finales. O como dijera Montessori, es pues, la persona humana la que hay que considerar. Y esta afirmación sería ahora más verdad que nunca, cuando prevalece en la toma de decisiones en educación, los referentes de la lógica cruel del mercado y la economía.

Saberes lógico-simbólicos, históricos y estéticos.

Lógico-Simbólicos:
Su influencia en la organización del conocimiento hegemónico.
El autismo de la escuela-institución como reacción al desorden cultural.
La dispersión cognitiva de los estudiantes.
La imposición de saberes que no encuentran resonancia en los alumnos.
Son saberes que permiten descubrir y juzgar todo lo demás.
La importancia de los saberes lógicos reside en su sentido pragmático.
Son saberes que representan horizontes del saber en cuanto a su capacidad de forjar una mentalidad en consonancia con el mundo del conocimiento.
Surge la posibilidad de plantear los límites de este tipo de conocimiento y la necesidad social de otros tipos de saber.

Históricos:
La devaluación del conocimiento histórico.
La deshistorización de la sociedad en beneficio del presente.
La identificación de las claves en el pasado para descifrar el presente.
Identificar lo que hacen de modo distinto las culturas.
Superar la historia que encierra a los individuos en su aldea local o nacional
Revalorización de las memorias locales y minoritarias.
La construcción de nuevas narrativas históricas plurales.
Los saberes históricos como aptos para interpelar la conciencia histórica.
La necesidad de construir una historia con claves del presente.
Evitar los determinismos de toda especie.
Superar la eterna repetición de lo actual y la posibilidad de debatir sobre futuros alternativos.

Estéticos:
Revalorar los saberes que el racionalismo moderno relegó al campo de la imaginación y la creación estética.
El reconocimiento de los saberes que entrañan las formas de lo expresivo
El reconocimiento de la pluralidad de la inteligencia.
Asumir los saberes que hacen parte de los modos y de las estructuras de sentir.
Descifrar las prácticas en que se fusionan el arte y la tecnología.
Los saberes transversales crearán malestares profundos en las áreas especializadas.

viernes, 29 de enero de 2010

El derecho a la identidad cultural.



Un pueblo sin cohesión al interior de sus tradiciones, costumbres y prácticas culturales, es poco probable que sobreviva. Y si lo consigue será subordinado a otra cultura más vigorosa en una posición de dependencia. Aquí estriba la importancia de la identidad cultural, entendida ésta como el conjunto de rasgos que en el sentido señalado determinan lo que un pueblo es y los embates que podría resistir en determinado momento ante los intentos de sujeción o dominación por otros pueblos. Sin duda la identidad histórico-cultural –siendo una construcción milenaria- es lo más duradero y significativo que un pueblo pueda generar. Y si bueno es lo que pervive, entonces eso es la esencia, lo que se es, y por lo mismo, hay que salvaguardar y fortalecer a costa de lo que sea.

La esencia es lo que permanece a través del tiempo, es la que nos define. Se le llama identidad cultural. Es aquello que en un momento determinado se muestra como los rasgos constantes entre los individuos pertenecientes a una nación o grupo. Si todos esos aspectos que nos identifican y hacen que seamos uno desde la perspectiva de lo colectivo, significa que tienen la facultad de vincular y no de dividir, de propiciar acercamientos y no rupturas. Seguramente existe una relación muy estrecha entre la identidad cultural y la estructura de la conciencia colectiva. Este hecho tiene una enorme relevancia, porque ha sido su soporte para mantenerse en pie después de cinco siglos de olvido y de intentos sistemáticos de destrucción de sus culturas. Significa además, que hay algo muy profundo y significativo en lo que estos pueblos son y que se niega a morir. Unos le llaman identidad histórica-cultural, otros le denominan Espíritu. Ambos tienen razón. Cuanto más vigoroso es el Espíritu, más inmune e indestructible se muestra el perfil de un grupo humano.

El orgullo de pertenecer a una cultura con rasgos semejantes, se refleja evidentemente, en el valor que le concedemos a todo aquello que nos vuelve distintos, únicos. Eso es lo que se denomina identidad. Pero ésta también es todo aquello que un grupo humano crea y que queda para la posteridad reflejado en las creaciones culturales que revelan con nitidez los perfiles de su singularidad. Desde esta perspectiva, el cúmulo de rasgos materiales, intelectuales, afectivos y espirituales entre otros y expresados en su forma de vivir, es un espejo fiel de lo que un pueblo es.


En los indígenas, la identidad es parte constitutiva de su ser, y guarda estrecha relación con la naturaleza y la tierra en la que vive, de la que no se siente propietario sino de la que es parte. Pero que sin embargo, se le ha ido arrebatando y esto lo está experimentando como un desprendimiento doloroso, un desgarramiento de una parte sustancial de su identidad. Tal situación -obviamente- ha puesto en riesgo su permanencia en tanto seres físicos y consecuentemente, también a su identidad cultural propiamente dicha. Y es aquí donde entra a discusión la cuestión del derecho que tienen los individuos pertenecientes a minorías, para organizar desde diversos frentes la defensa de su identidad cultural. Y la primera forma de protegerla es a través de su disfrute y práctica continuada en todos los escenarios de su transcurrir socio-comunitario.


Cualquier agresión en contra de este derecho por parte de otros grupos o culturas, debiera de ser severamente sancionado. Pero, ¿Quién sancionará? Y esto lo digo porque a las culturas indígenas -según lo que hemos notado- no se les reconoce derecho alguno, no obstante que desde hace mucho tiempo las distintas etnias han hecho esfuerzos permanentes en la defensa de su diversidad cultural. Y por ello me pregunto: Si se considera un imperativo ético la defensa de su identidad y diversidad, ¿por qué los pueblos indígenas en nuestro país y en la América india, desde la colonización de nuestro continente han padecido todo tipo de violencia expresada en diversas formas, desde la cultural hasta la institucionalizada? La respuesta es sencilla: Porque no han existido sistemas de justicia que efectivamente hagan valer todos sus derechos, incluidos los referentes a la salvaguarda de su identidad, que debiera de ser inseparable del respeto a su dignidad humana.

La protección y el respeto a los derechos de los indígenas y de otros grupos minoritarios, no puede darse en países como el nuestro o en aquellos que comparten rasgos similares. Es decir, en donde prevalecen altos niveles de desigualdad e injusticia social, en los que otros grupos sociales que no pertenecen a ninguna etnia, donde operan sistemas jurídicos que se prostituyen y la justicia se vende al mejor postor, donde las leyes son violadas sistemáticamente por aquellos individuos e instancias que se supone debieran de ser los responsables de hacerlas cumplir y obedecerlas antes que todos.

Desafortunadamente en nuestras sociedades el hecho de ser distinto se castiga con desprecio e indiferencia. Y el ser indígena… peor aún. Las diferencias aluden a la existencia de la diversidad y hay quienes las toman como un argumento válido para atropellar y desconocer los derechos humanos y las libertades fundamentales de las personas. Suspender o restringir una libertad equivale a vulnerar un derecho y vulnerar un derecho implica desconocer a los demás en condiciones de igualdad y de dignidad.

La cuestión de la diversidad es una realidad bastante compleja. Y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es reconocida la existencia de tal diversidad de la condición humana. Esto representa un gran avance, ya que por lo menos, hay un marco jurídico al cual pueden remitirse todos aquellos grupos y sectores marginados cuando son violentados sus derechos. En el Artículo 18 por ejemplo, establece tres derechos que son de importancia primordial: el derecho a la libertad de pensamiento, el derecho a la libertad de conciencia y el derecho a la libertad de religión. Veamos que relación puede existir entre estos tres tipos de libertades: La libertad de pensamiento en sentido pleno no puede existir, porque todas las ideas se han configurado a partir de la relación con el mundo. Las ideas emergen de esa relación. Nacemos y crecemos en una maraña de determinaciones.

La multiplicidad de experiencias surgidas de los contactos cotidianos e inevitables con lo concreto, van dando forma a nuestros pensamientos y concepciones. Esto significa que nacemos condicionados no sólo biológica, sino también socialmente y lo que pensamos, es más resultado de dicho fenómeno que de una adquisición libre producto de la voluntad del hombre. Por lo menos en primera instancia así es. Y por tanto, al ser, sólo le queda en la fase inicial de su vida, ser un engrane más en una maquinaria en la que casi todo está decidido y programado. Entender esta situación, colocarse aparte y ser un instrumento de cambio, será una tarea posterior.



Algo similar sucede con la religión, aunque ésta devenga muchas veces en un instrumento de búsqueda de respuestas y explicaciones que no han podido ser construidas en el mundo de lo inmediato. Desde luego, no está demás decir que lo religioso en las culturas indias adquiere un carácter más existencial, significativo y vital, en virtud de que se convierte en un vínculo para enlazar la forma en que se conciben en tanto seres individuales y la relación que establecen con la naturaleza y su concepción del cosmos y de su lugar en él. En el indígena todas sus expresiones culturales son parte integrante de su identidad. Para aquilatar lo valioso de estas expresiones, tendríamos que reeducarnos para ser formados en la igualdad y la tolerancia, en el respeto a los derechos humanos y en la diversidad. Sólo bajo esta premisa sería posible pensar el mundo y la relación con los demás de una forma diferente, en la que respetemos en los demás los derechos que deseamos, sean reconocidos en nosotros mismos.

Por ello, es necesario retornar al hecho de que la educación es un proceso de suma importancia en los grupos humanos y en la vida social en general. Porque tiene que ver con la socialización en la que se debieran cultivar valores como el respeto, la equidad, la tolerancia, la justicia y la democracia, que son decisivos para la vida colectiva. Yo me pregunto: ¿De qué otra forma es posible concebir e imaginar al ser humano sino en su condición de ser diverso? Y en esa diversidad tenemos qué esta incluidos todos. Por desgracia no hemos sido educados de esta manera. Al contrario, hemos sido formados en la discriminación y el desprecio por el otro. Las escuelas han funcionado tradicionalmente como centros de domesticación, selección y exclusión. No hay respeto por las diferencias ni por la unicidad o singularidad de cada quien. Ha sido como una aplanadora descontextualizada que homogeniza.
Ahora bien, volviendo a nuestro asunto; si entre los propios mestizos hay rechazo de unos contra otros, ¿Qué podemos esperar de éstos con respecto a los indios? ¿Cómo respetar su identidad cultural permitiendo que vivan dentro de sus espacios y territorios y que se relacionen de acuerdo a sus propias formas de organización? ¿Será esto posible cuando el mensaje que mandan los gobiernos apunta a la profundización de la relación de desprecio de la que hemos estado hablando? Por ello, tenemos convencernos de que la lucha indígena es una lucha extrema, en contra del exterminio y del desprecio exacerbado, por la defensa de su existencia, de su identidad y de su lugar en el mundo.
A modo de conclusión diré que para propiciar un cambio de visión referente a este problema, es necesario reconocer que es bastante el costo que han pagado los pueblos indígenas en su lucha por defender la integridad de su identidad cultural pues sistemáticamente se les ha negado este derecho. Y el derecho también a que cada etnia, pueblo, y grupo social sean respetados e incluidos tal y como son. Para conseguir esto, se requiere que las generaciones actuales y las que vendrán, sean educadas en la interculturalidad y en un reconocimiento pleno a la diversidad. La educación tiene que ser replanteada para que pueda revalorarse la dignidad de la persona humana bajo un marco ético radicalmente diferente. Admito la certeza que desde la academia es nimio lo que se pueda decir o hacer por los indígenas. Sólo un teorizar vano, insulso y petulante, estructurado a partir de la nada. Y a esto se le llama especular por no decirlo de otra forma. Para hablar sobre el indio, hay qué conocerlo y entenderlo y esto sólo es posible viviendo entre ellos y como ellos, compartiendo sus afanes de cada día. De manera que –según lo dicho- aquí concluyo este ensayo apriorístico y carente de sentido.



La educación intercultural bilingüe en América Latina y en México.

Dura ha sido la realidad indígena en América y en México a partir del proceso de colonización perpetrado por los españoles y otros países europeos. Después de poco más de quinientos años, la lucha por la sobrevivencia y el rescate de la dignidad de estos pueblos continúa. Con estos fines distintas culturas indígenas han hecho oír su voz a través de la historia sin doblegarse. Y ahí están diseminados en distintos países y regiones de nuestro continente.

La lucha iniciada hace medio milenio por lo indios para afirmar su presencia, ha propiciado muchas veces transformaciones importantes en los marcos jurídicos formulados por los gobiernos mestizos para favorecer los propósitos de reconocimiento y dignificación. Desafortunadamente ahí se quedan, son letra muerta, no sucede nada favorable. Es necesario señalar que no se ha hecho aún lo suficiente, y en muchos casos ni siquiera lo mínimo necesario. En México por ejemplo, la discriminación y el racismo campean por doquier, sin que se hayan concretado gran parte de los ordenamientos indicados en las leyes referentes a los aspectos señalados. En el Artículo 2º. de la Carta Magna se expresa el reconocimiento a la diversidad indígena y la mayoría de los gobiernos en nuestros países reconocen también esta composición en su población. Pero esto no ha significado que estén debidamente articuladas las decisiones y acciones que apunten al rescate de los elementos étnicos existentes a lo largo de toda la geografía de las tierras americanas.

En la condición de mestizos nos fue difícil y doloroso al mismo tiempo admitir la existencia del “otro” diferente a “nosotros.” El desprecio por lo disímil y particularmente por “lo indio”, arraigó en lo profundo de la conciencia. Esta actitud fue un producto inevitable de la dominación que se ejerció sobre nuestra raza desde la época de la dominación europea. Padecimos tanto que acabamos por despreciar lo nuestro. Afortunadamente y en medio de un sinnúmero de obstáculos la situación empieza a transformarse, gracias al esfuerzo realizado por las etnias y por todos aquellos sectores sociales que han respaldado su causa. Esto ha conducido a algunos logros nada desdeñables, como el ordenamiento de la castellanización y la alfabetización en lenguas indígenas para la preservación y el fortalecimiento de las mismas y de las culturas de las que provienen.

Es necesario reconocer que el esfuerzo efectuado por todas las etnias del continente americano desde hace mucho tiempo, ha generado un cambio paulatino de actitud del mundo mestizo hacia la realidad indígena. En nuestro país la mayoría hemos tomado conciencia plena de los conflictos y situaciones por las que transitan en su existir cotidiano. Nos hemos sensibilizado y los reconocemos como nuestros hermanos, aunque ellos estén en condición de desventaja mucho mayor que la generalidad de los mexicanos. Avanzamos a paso firme en el reconocimiento de nuestra diversidad. Este ha sido un cambio muy positivo, porque se han empezado a gestar una serie de cambios en la percepción colectiva tendientes a su incorporación plena a la convivencia intercultural. Grupos sociales numerosos y organizaciones no gubernamentales, también han hecho su parte. Por desgracia, desde lo institucional no se ha concretado hasta ahora transformación alguna digna de encomio.

Lo que ha sucedido en otras latitudes en materia de la lucha por el reconocimiento y defensa de las culturas indígenas y la importancia de la educación intercultural bilingüe ha repercutido favorablemente en México. Las batallas libradas en distintas partes de Centro y Suramérica por los grupos indígenas de esas regiones no han sido aisladas y así lo demuestran los encuentros de indígenas que se han llevado a cabo en distintos países y en donde ha confluido la pluralidad étnica para discutir sobre sus derechos y sobre las vías posibles de solución para salvar los obstáculos que impiden que hagan valer esos derechos. Ha surgido una revalorización de nuestras raíces y ya no va a ser detenida por nada ni por nadie hasta que la vida en la multiculturalidad y la diversidad sea una plena realidad en todas las naciones con presencia indígena.
En nuestro país, esta lucha ha tenido un carácter muy especial con repercusiones a nivel mundial. Los indígenas del sur de México, iniciaron su lucha contra el mal gobierno y la injusticia desde 1994 y reavivaron la conciencia nacional respecto a los problemas de la etnias. Pero además de replantear la cuestión india, han sometido a discusión muchos otros aspectos económicos, políticos y culturales de la vida pública, que no son privativos de esos grupos sino que con matices diversos están presentes en otros estratos de la población.
Estamos avanzando en la creación de una realidad nacional verdaderamente incluyente, no discriminativa, que será producto de la incorporación de nuestra diversidad a la multiplicidad de relaciones en que se expresa nuestra cotidianidad como pueblo. Lamentablemente a veces vemos retrocesos gravísimos como el que se ha vivido los últimos días con los gobernantes y partidos políticos intolerantes en turno que buscan mutilar el derecho a la libre expresión y manifestación de las ideas. Si lo permitimos, significaría –sin duda- volver a transitar la realidad que ya experimentamos durante el siglo XX.

Afortunadamente, al cambio que se está gestando en México y en todo el continente, no hay nada que lo detenga. Hemos tomado conciencia de nuestra realidad indígena y vamos salvando satisfactoriamente el trauma existencial ocasionado por el genocidio español en contra de nuestros indígenas originarios. Pero falta uno de los pasos más difíciles de dar y es el de avanzar hacia el bilingüismo pleno, hacia la interculturalidad total. Uno de los recursos para subir este último peldaño es la educación. Es posible cambiar a mediano plazo este escenario porque la sociedad en general ha crecido en su noción de lo justo, de lo que es correcto para que todos vivamos mejor. Aunque los gobernantes vayan en sentido contrario hemos aprendido que la problemática de la relación humana tiene que ser resuelta entre todos. Por ello, si la educación hasta este momento, sólo ha respondido a propósitos de sojuzgamiento, se requiere articular y poner en marcha un proceso formativo que sea más eficaz para dar solución a todos los conflictos que se derivan de nuestra multiplicidad cultural y étnica.

Es necesario crear una educación que vigorice la singularidad cultural que nos es propia. De este propósito se deben desprender los retos de la escuela pública de nuestro tiempo para poder experimentar una forma distinta de vivir basada en la multiculturalidad y asumir así en forma realista este compromiso histórico. Desde mi punto de vista, para concretar un propósito de tal magnitud, se requiere tomar en cuenta los aspectos que a continuación menciono: Es imperativo que la educación propuesta para las realidades indígenas sea decidida con la participación de todas las etnias, para garantizar la inclusión de sus visiones y aspiraciones y no correr el riesgo de que se formule un proyecto vertical, diseñado unilateralmente y ajeno a sus necesidades e intereses. Y junto a esto, deberán ejercer además el derecho a tener sus propias escuelas y maestros.

La sociedad mexicana en su conjunto, necesita ser educada en la interculturalidad, en el reconocimiento a la diversidad. El camino más viable es modificando las formas de relación social y los valores que han prevalecido hasta ahora y que han tenido que ver con fines de dominación y hegemonía impuestos por unos cuantos. Para ello, el carácter de la escuela tendrá que ser radicalmente diferente. Este será un proceso lento -transgeneracional diría yo- porque la historia no avanza a saltos bruscos, sino por ciclos ni la conciencia humana se modifica de manera simultánea sino gradualmente. Para avanzar en este empeño, se deberá hacer válido el derecho a que las etnias reciban instrucción en sus propias lenguas y atendiendo en forma paralela la castellanización, de modo que al tiempo que se asimilan otras culturas y saberes se refuerzan los propios. Dicho proceso formativo abarcará además desde la educación elemental hasta la enseñanza superior, considerando así mismo en los contenidos curriculares, las modalidades y formas de relación, las prácticas culturales y los conocimientos de nuestros ancestros que han llegado hasta nuestros días a través de las culturas indígenas. Esto con el fin de fortalecerlos y garantizar su permanencia y expansión.

También es prudente estar en guardia para que a lo largo del proceso formativo no se privilegie ningún saber por encima de otros saberes para evitar la preeminencia, la discriminación o la relación de dependencia de una visión de la realidad sobre otra y así las escuelas dejarán de funcionar “al modo mestizo” lo que conducirá a la eliminación de los sistemas de pensamiento único. La interrelación entre la multiplicidad de saberes dará lugar al enriquecimiento de la comunidad y a un surgimiento de intercambios más diversos y humanos. Por último quiero sugerir -aunque no sea nada nuevo- que las instituciones educativas eduquen en el trabajo y la corresponsabilidad, en la vinculación estrecha entre la teoría y la práctica y cuidando siempre el equilibrio que deberá existir entre el trabajo manual y la actividad intelectual, para que lo aprendido incida de manera inmediata en la resolución de sus necesidades y en sus formas de vida individual y comunitaria.

Los pueblos indígenas y sus territorios. Nociones normativas.

Las normas son necesarias para regular la vida humana en sociedad. Pero tales reglas debieran de incluir a todos los habitantes de un país sin distingo de ninguna índole. Desafortunadamente no siempre es así. Conforme los grupos sociales experimentan cambios en su estructura, complejidad y tipos de relación, debe de efectuarse la readecuación de las normas a la diversidad que la realidad exhibe en su devenir inexorable. En otras palabras: si las personas y los grupos sociales se transforman, entonces las reglas que determinan su relación, también deben de modificarse. Cuando al interior de un país se efectúan estas transformaciones jurídicas, afectan a la sociedad en su conjunto o a los segmentos de la sociedad a que las normas en cuestión estén dirigidas. Estos cambios en los países multirraciales, por lo regular hay grupos que son situados aparte o que no son considerados, como el es caso de los indígenas. Es decir, no se ven favorecidos por ellas, pues el mundo mestizo deja de lado los derechos de estos pueblos…como si no existieran, particularmente el que hace referencia al derecho a sus tierras y territorios. La tierra en el indígena siempre ha revestido un carácter muy especial, que no es entendido por quienes no pertenezcan a estas culturas. Las leyes de los gobiernos civiles al no considerar los derechos de los indígenas sobre sus territorios dan lugar a dos hechos que es necesario analizar. El primero de ellos es que no se les concede personalidad jurídica de manera deliberada y no por omisión involuntaria. El segundo, para poder actuar en cualquier momento en contra de sus intereses a través del hostigamiento y el despojo para arrebatarles lo que desde siempre les ha pertenecido. Esto representa una violación indubitable a sus derechos individuales y colectivos; derechos que por cierto, no debieran restringirse ni conculcarse por ningún motivo. ¿O qué las etnias son menos humanas que el resto de las razas para poder actuar en el sentido señalado sin que suceda nada? Desde luego que no. Esta embestida en contra de sus derechos se ha concretado en mayor o en menor medida en todas las naciones en las cuales hay población indígena: lo mismo en los países de Sur y Centroamérica que en México. El desconocimiento de sus derechos y el despojo se efectúan –como dije antes- sin pensar jamás en lo que sus territorios han significado para ellos. Es decir, que es el espacio en el cual se origina y desarrolla la memoria de un pueblo, que a través de sus múltiples intercambios en la categoría del tiempo va adquiriendo un carácter sagrado, porque de la tierra han podido alimentarse, de ella nacieron, igual que sus ideas sobre el mundo, del que se experimentan como una parte indesligable. El territorio es también el lugar en donde lo sagrado, lo cotidiano y lo mítico confluyen. Es el espacio vital de sus sueños y sus desesperanzas, porque su historia ahí ha germinado y florecido. En este sentido es deplorable que las políticas pragmáticas y deshumanizadoras de esta época, aunadas a un sentido jurídico totalmente disociado de lo justo, hayan propiciado que la sobrevivencia de las culturas indias en América esté en riesgo. Dentro de este contexto la cuestión jurídica se ha caracterizado por el más acérrimo desprecio y por un desconocimiento casi total de la “condición india”. Las lagunas existentes, impelen a encaminar los esfuerzos a la creación de leyes que verdaderamente los incluya –considerando sus prácticas sociales y sus costumbres para que su identidad no naufrague y puedan abogar por sus derechos y evitando además, los procesos discriminatorios que se han profundizado en su contra en los últimos lustros.

Relación entre lengua, cultura y conocimiento.

Considero que los mazatecos han llegado a interrelacionar y a desarrollar con bastante eficacia la lengua, la cultura y el conocimiento. Es un hecho que las exigencias del contexto en que viven –la montaña- los ha impelido de manera permanente a perfeccionar y a diversificar los códigos de comunicación que han creado a través del desarrollo de su cultura y sus formas de vida. Con toda certeza, ellos han sabido siempre que la finalidad de todo código de comunicación es hacer llegar ideas y mensajes que puedan ser decodificados con la precisión requerida por el receptor. Asimismo, las lenguas hablada y escrita, son los sistemas de comunicación más eficaces que han producido. Pero junto a éstas, han estructurado otros sistemas de comunicación, que son un reflejo indudable de su creatividad e ingenio para emitir cualquier mensaje. Seguramente, han aprendido también, que un sistema de símbolos o signos, si sirve para comunicarse con un grado de eficacia deseable- es decir que al decodificarse no implique ambigüedades ni interpretaciones erróneas y si satisface sus requerimientos de comunicación, entonces es funcional. La utilización de los silbidos es uno de ellos, expresados como una práctica cultural, que tiene su origen en la necesidad de comunicarse aprovechando la fácil propagación de las ondas sonoras, y que ellos han empleado para enviar mensajes. Los silbidos -ya codificados- es decir, perfectamente diferenciados unos de otros, y acordados sus significados convencionalmente, los han transformado en un sistema de comunicación no verbal, que satisface una necesidad en el medio en que viven. Yo creo que si la cultura la concebimos como todo lo que el hombre hace, cualquier producto de su vida colectiva, de su relación social, toda creación humana -en el más amplio sentido de la palabra- y que no es parte del mundo natural, tiene qué ser necesariamente, un producto cultural. Desde este enfoque, todas las formas de vida de los mazatecos, diversidad de relaciones, mecanismos de transmisión de ideas, proyecciones colectivas y sistemas de valores, entre otros, son simultáneamente, cultura y conocimiento. Esta perspectiva nos indica que los nexos existentes entre lengua, cultura y conocimiento, son prácticamente indisolubles, porque el uno implica al otro. No podemos hablar de la cultura, sin que tengamos qué referirnos a las distintas formas de intercambiar mensajes, y si esa creación es algo que no existía en el vasto universo de la cultura, entonces…es también conocimiento. Y esta afirmación es válida –creo yo- no sólo para el caso de los mazatecos y sus formas distintas de comunicarse, sino para la cultura humana en general.

miércoles, 27 de enero de 2010

Reflexiones a partir de las ideas de Perrenoud.

La situación nacional, es hoy por hoy muy compleja. Existen demasiados problemas económicos y sociales; y la escuela no puede permanecer ajena ni lejana a una problemática que le concierne e implica. Esta afirmación es doblemente cierta, si además de la vocación formativa que le es propia, admitimos la relación que tiene que existir entre la educación y los distintos sectores de la economía; pero también, entre el desarrollo de éstos y la calidad y cantidad de los intercambios productivos que sostenemos con otros países. En virtud de ello, se ha puesto en marcha un modelo educativo basado en competencias laborales. Son varias las razones por las que la práctica educativa, amerita un cambio de esta magnitud. Por una parte, el crecimiento vertiginoso del conocimiento obliga a buscar la eficacia y niveles más profundos de especialización. Se visualiza pues, la emergencia de establecer vínculos más estrechos entre lo que las escuelas hacen y el mundo de la productividad. El imperativo es, instrumentar los cambios necesarios encaminados a la modificación sustancial de las prácticas pedagógicas tradicionales, que hasta hace poco, signaban la relación maestro-alumno; pues lo que sucedía en las aulas, se caracterizaba indefectiblemente, por modelos verticales basados en la transmisión y la receptividad. Este reconocimiento supone entre otras cosas, desechar la enseñanza verbalista y unilateral, de la que hemos sido producto y productores generaciones enteras de profesores que actualmente integramos el sistema educativo; y que hemos venido concretando nuestra función social, basados en los supuestos teóricos a los que me he referido.
El cambio que se ha iniciado ya, orienta el proceso todo, hacia una participación más directa y activa de los estudiantes; proponiendo para ello, la realización de una serie de tareas y retos que alientan la creatividad y la formación autónoma, mediante la inversión de los roles que habían venido configurando el continuum de nuestra cotidianidad. Tal aspiración ha supuesto también, impulsar al alumno a que movilice los saberes y el campo experiencial con el que cuenta; para que sea él mismo quien construya sus propios conocimientos. Lo deseable en un proyecto así, es la utilización de una pedagogía abierta. Es decir, no prescrita en su totalidad por el profesor, sino surgida de la dinámica interna de los grupos y de las decisiones de los propios estudiantes conforme se vayan involucrando en los procesos planteados por todos. Esta estrategia, daría como resultado una actuación no regulada de cada movimiento de los estudiantes y operaría a través de propuestas áulicas, que aunque el profesor actúe como un guía, estarían fundamentadas en el respeto irrestricto al hacer del alumno. La aspiración sería ampliar los márgenes de decisión y acción; y por lo mismo, del grado de corresponsabilidad de todos los implicados. Esto, nos hace pensar que es, ciertamente, una propuesta rica en perspectivas, porque modifica la posición de cada quien frente a la experiencia del conocimiento. Pero sugiere también, la adopción de posturas epistemológicas flexibles en las que los estudiantes saldrán conceptual y empíricamente enriquecidos.
Un cambio de semejante orientación, además de una nueva cultura en el aula, nos llevaría a asegurar en el futuro, el surgimiento de nuevas disposiciones, intereses y competencias no imaginados aún. Esta afirmación se basa en que la escuela dejaría de ser un espacio críptico entre profesores y estudiantes y de la escuela misma, con respecto a la comunidad.


Los centros educativos -vertidos invariablemente sobre sí mismos- serían receptivos a las ideas surgidas del exterior, que coadyuvarían con sus aportes y sugerencias en el desarrollo de las competencias que se juzgaran necesarias en el contexto económico y sociocultural. Esto significaría, efectivamente “una escuela de puertas abiertas”. El constructivismo, es el soporte teórico de este nuevo enfoque de trabajo. El problema central, siguen siendo las acciones que hay que desencadenar -algunas ya están en marcha- para ir transformando paulatinamente la praxis de la mayor parte de los educadores, ancladas como hemos dicho, en otros paradigmas que demostraron su eficacia en otros tiempos y en otras circunstancias socio-históricas. Sería ingenuo pensar que la praxis de los profesores se puede cambiar por decreto. La praxis educativa se transforma desde la praxis misma; en otras palabras: desde las experiencias de los propios profesores… ellos tienen qué ser los primeros convencidos. Este convencimiento del que hablo, sería el inicio de un desarrollo real de sus competencias profesionales adecuadas a las necesidades actuales. El desarrollo de las competencias docentes bajo este enfoque, tendría qué pasar primeramente:

a) Por el hecho de que el profesor deje de concebirse a sí mismo como un mero transmisor de saberes, de verdades inamovibles e irrefutables como si fuesen reveladas desde el púlpito irrevocable de una investidura institucional que no debe ser cuestionada.

b) Que asuma la normalidad de su quehacer como alguien que propone y promueve determinadas situaciones de aprendizaje para que los estudiantes movilicen sus potencialidades y ejerciten sus posibilidades de creación.

Esta metamorfosis de escenarios sometería por añadidura a los profesores a exigencias nuevas; a grado tal, que se verían impelidos inevitablemente a la remoción de sus esquemas anquilosados y a un replanteamiento radical de su relación con el conocimiento. Pero también, implicaría que las actividades propuestas, responderían con mayor certidumbre a los intereses de los alumnos, porque ellos mismos intervendrían en el diseño de sus contenidos. Su afán de descubrir sería el centro y el punto de arranque de todo el proceso instruccional. Esto comportaría una pluralidad de significados de una dimensión invaluable para la experiencia íntegra de la vida escolar en general. Emergerían respuestas frescas para los viejos problemas que ha planteado desde hace mucho tiempo la cuestión de los aprendizajes. Esta diversidad de ideas, intervendría en la realidad de la que hablamos, proporcionando un impulso sostenido y pleno de connotaciones diversas, que tenderían a redimensionar a las escuelas como centros de formación humana.

José Patricio Moreno Cuevas.

Respuesta a pretextos para desarrollar competencias.

Compañera María Estrella: Foro. Pretextos para competencias.
En esto de la cuestión educativa, el problema en primera instancia, no es no es de enfoques, métodos, planes, programas, ni modelos, es de actitud. Estar dispuesto, por lo menos, al intercambio de ideas constituye siempre un buen inicio, porque revela interés y preocupación... conciencia de una responsabilidad humana voluntariamente elegida. Es honesto admitir, que no es sencillo responder de manera fehaciente a sus interrogantes, aceptando por supuesto, la complejidad de este asunto que nos atañe a todos como profesores -y que trasciende incluso nuestro ámbito de competencia- porque involucra a autoridades de otros niveles, que son quienes efectivamente toman las decisiones y marcan los derroteros principales, al margen -desafortunadamente- de lo que el profesor común considera como deseable y necesario. De cualquier manera, y hechas estas salvedades, intentaré esbozar alguna idea que pudiera servir como punto de partida para una discusión más profunda; sin pretender en modo alguno, que ésta se asemeje a la invención del agua tibia:
Reconociendo de entrada, que el problema educativo de nuestro país, no va a resolverse contemplando soluciones únicas que sean consideradas como fórmulas infalibles. Sobre todo sin haber previsto -por lo menos- sus repercusiones a mediano y a largo plazos. Esto equivaldría, a asumir la realidad en que nos desenvolvemos como si fuera una fatalidad. Si nos preciamos de ser educadores, no debemos admitir "recetas" o modelos incontestables -vengan de quien vengan- ni aunque proviniesen del presidente de la república. Sería conveniente estructurar a nivel plantel, programas instruccionales en los que le concediéramos mayor preeminencia al desarrollo de la persona humana, de su dignidad y de sus derechos; y que además, los alternáramos con la educación basada en competencias; que en sí misma, -dicho sea de paso- no tiene nada de malo; aunque yo la vea tullida, cojitranca, paticoja, segmentada y cascorva en virtud de que no considera al ser social en su totalidad.
Esto implicaría, entre otras cosas, no educar sólo en función de competencias que persigan la inclusión de un sujeto a un sistema productivo dado; eliminando otras dimensiones de las personas como las emociones, los sentimientos, los contextos socio-históricos en los que han concretado sus intercambios vitales y que han conformado a lo largo del tiempo, los contenidos de su conciencia, sus aspiraciones y posibilidades de expansión. Yo incidiría en todas aquellas actividades y formas de relación escolar que sirvan para despertar la curiosidad de los estudiantes, el deseo de saber, pero que den respuesta a sus intereses y potencialidades reales. Tendríamos que renunciar a encajonarlos a todos dentro de un proceso único, como lo hemos hecho hasta ahora. Se nos olvidan con frecuencia las diferencias individuales, la singularidad e irrepetibilidad de cada uno de los seres que llenan nuestras aulas y que son nuestra razón de existir. Y merced a este olvido -involuntario quizás por una parte y propiciado por otra- procedemos de manera mecánica metiéndolos a todos en un mismo costal como si fuesen cosas y fustigados por nuestro ajuste al deber ser.

Generalmente nos conducimos así, porque tenemos que cumplir con un programa de estudios, de seguir una metodología y una ruta teórica que ya nos han sido prescritas, de vigilar el desarrollo de las competencias que ya nos han dicho cuáles son. Para terminar -que no concluir- diré que no sería malo creer en la conveniencia de fortalecer el colectivo de los profesores a nivel escuela -aunque esto vulnere la verticalidad de la autoridad- formulando y poniendo en marcha un proyecto que cristalice las propuestas de todos en el sentido señalado; diversificando y enriqueciendo lo más posible las aportaciones, sin eliminar jamás el derecho a disentir. Soñar no cuesta nada...
Me dio gusto haberla saludado. Patricio Moreno C.

Wendy y compañeros todos.
Después de saludarlos con afecto, quiero decirles que yo creo que no está nada mal la propuesta de la educación basada en competencias laborales, la teoría constructivista, los nuevos roles de profesores y alumnos etc etc. Pero bueno sería no perder de vista el carácter renovador que invariablemente debe de tener el quehacer del maestro en el contexto donde desarrolla su función social. De hecho, debe de ser una de las más esperanzadoras a efectos de liberar a los educandos de la opresión y la ignorancia de que son víctimas. El término liberación lo empleo en el sentido en que lo expresara Paulo Freire alguna vez. Si el proceso educativo y el quehacer del maestro no sirven a este fin, quiere decir que educar responde a otros propósitos que tienen que ver con los intereses del Estado. Como educadores hemos de ejercer invariablemente nuestras posibilidades de modificar la conciencia de quienes pretendemos enseñar, a efectos de no transformarnos en instrumentos pasivos, en hacedores de un rol alienado. Debemos analizar concienzudamente hacia donde vamos con este proyecto educativo y si realmente devendrá en un mecanismo de crecimiento y expansión humana. Esto lo digo, ¡porque me entristece ver las participaciones de todos ustedes convertidos ya en apologistas de un modelo instruccional que ha emergido de las entrañas del libre mercado, de los procesos globalizadores, del imperialismo norteamericano y del gran capital internacional! Esto implica -evidentemente- haber arrojado ya al cubo de la basura nuestra identidad histórico-cultural, el ser del mexicano al que debiera responder una educación auténticamente nacionalista. Es un proyecto de formación humana subordinado a los intereses de la economía. ¡Y los veo a todos ustedes muy satisfechos parafraseando a pie juntillas lo que dicen los documentos oficiales pero sin expresar ninguna idea propia! Pero síganle... así van bien. El día de mañana despertarán y se darán cuenta de que los que ayer fueron sus alumnos, estarán incorporados ya, a los procesos de producción en las fábricas o en las maquiladoras, convertidos en autómatas, muy eficaces en la realización de una tarea técnica pero incapaces de pensar y de cuestionarse el orden social, mucho

menos de convertirse en agentes de cambio... y en el peor de los casos, los verán engrosando el ejército de desempleados mientras sus famélicas familias sobreviven en la miseria... Creo que con un modelo como el que nos están imponiendo a lo más que podemos aspirar es a ser "instructores light". No se les olvide que ya no somos profesores ni maestros: somos facilitadores. Es para desternillarse de risa la banalización terminológica. Pero bueno, sigan escribiendo lindezas acerca del modelo y renuncien a su derecho a ser ustedes mismos a cuestionar su entorno y a innovar. En el fondo una postura así es más cómoda: te limitas a decir todo lo que quieren escuchar. Es algo como aprenderse el catecismo pedagógico. Aunque por esta vía quedemos anulados como educadores; porque en tal caso, no existiría ningún vínculo ético entre las ideas que expresamos, los esfuerzos cotidianos y la indigencia ontológica de nuestros estudiantes.
Feliz inicio de semana.