domingo, 31 de enero de 2010

Mi práctica docente y su pertinencia política y social.



Una cosa que no está sujeta a discrepancias desde nuestra visión de educadores es lo benéfico de la labor educativa no solamente en nuestra sociedad sino en todas las sociedades en el mundo. Esta afirmación obedece a que propicia un desenvolvimiento de las capacidades del individuo desde un sinnúmero de ángulos. En la percepción de la generalidad de la gente, prevalece la idea de que la educación no sólo es buena sino necesaria para todos. Padres y educadores tenemos que ser los primeros convencidos, de otro modo nuestra práctica y afanes perderían razón de ser. Los efectos positivos de la función instructiva y educadora de los maestros y las escuelas en general, son indispensables dentro de los grupos humanos a los que pertenecen los educandos. Si la función escolar por todas sus consecuencias deseables no es cuestionada, si lo es por las políticas educativas nacionales y los efectos que tendrán en las generaciones de niños y jóvenes que hoy son sujetos de un proceso de formación con una orientación definida. Descubro en tal tendencia tres aspectos que deseo comentar:

La formación de las competencias está más encauzada a los ámbitos de la productividad y de la relación hombre-máquina dentro de un proceso que a otros aspectos de formación humana o social. Por ejemplo se desea que haya excelentes técnicos en jardinería o en cuidado y propagación de plantas, para que después de egresados no encuentren aquí en México donde desarrollarse y acaben “living their american dream” como cuidanderos de los jardines en las mansiones gringas allá en los Estados Unidos de Norteamérica. A esto se le ha llamado “capacitación para el trabajo”, “desarrollo de competencias profesionales y específicas” Me pregunto entonces, ¿Cuántas de las madres mexicanas parieron a sus hijos y los enviaron a nuestras escuelas con la certeza de que algún día acabarían como esclavos del imperio? Seguramente ninguna. Si los alumnos que egresan de nuestras escuelas tuvieran en nuestro país la posibilidad de emplearse y vivir con dignidad, la situación sería diferente pero por desgracia, no siempre es así.
Otro aspecto de la orientación señalada es que la educación que se imparte en nuestras escuelas responde a lo que el país requiere en función de sus necesidades internas, exigencias de desarrollo e imperativos a que se ve sometido por los escenarios de los intercambios comerciales con otras economías. Técnicos, mano de obra barata es lo que les urge, porque los hijos de los ricos estudian en las universidades privadas -nacionales y del extranjero- y los educan con la mentalidad de la clase dominante, no para ser obreros en las maquiladoras o jornaleros en el campo, sino para dirigir empresas y administrar y reproducir la riqueza que los pobres generan.

El tercer aspecto del enfoque por competencias, es el de la educación para la vida social. Toda educación, tiene como responsabilidad primordial la socialización del individuo, es decir, proporcionarle las herramientas que le permitan interactuar con otras personas por lo menos en dos vertientes: la del mundo laboral y la de las relaciones socio-afectivas. Ambas son de importancia toral; la primera porque sin ella no se generarían las condiciones que garantizarían su sobrevivencia en tanto ser material, y la segunda, porque el hombre ha devenido en lo que es, gracias a su tendencia natural a buscar siempre las relaciones con los demás y a establecer nexos afectivos en todos los contactos propios de su naturaleza de sujeto social. Reconociendo de antemano que el alumno es alguien que en determinado momento

o etapa de su vida tendrá qué incorporarse al mercado de trabajo de una u otra forma (en nuestras sociedades el ocio es un lujo que no podemos darnos) la cuestión de las competencias se muestra como algo ineludible puesto que guarda relación estrecha con las preguntas aquellas de: ¿a qué se van a dedicar nuestros estudiantes una vez que egresen de la escuela? ¿qué es lo que saben hacer por lo menos con un grado regular de eficacia? Por ello, es de gran trascendencia que el modelo educativo basado en competencias al tiempo que cumple con el mandato del Artículo 3º. Constitucional, proporcionando educación popular gratuita -aunque ya lo de gratuita es entre comillas- pretende responder a las expectativas de vocación de los educandos, considerando su situación específica de alguien que no habrá de salir jamás de determinado nivel socioeconómico, por las razones expuestas en el segundo punto. A este respecto es obvio que un mismo proceso de formación no es aplicable ni deseable para cualquier grupo humano; y si la educación por competencias es un proyecto intencionado, es decir, que tiene la orientación teleológica suficiente para saber con claridad lo que busca, que lo haga, pero sin pretender simplificar la estructura de un ser humano pensante a alguien que debe desarrollar una tarea técnica con eficacia, restringiendo su marco de relaciones sociales y acción humana a ese sólo ámbito.
Los aspectos que deben privilegiarse y ocupar un lugar central en mi práctica educativa y partiendo del contexto específico –semidesierto, migración, bajo nivel sociocultural, desempleo y pobreza- son los siguientes: Lo primero que hay que hacer es articular acciones formativas que coadyuven al reconocimiento objetivo que los alumnos tienen que alcanzar sobre la situación en que viven. En la cuestión técnica y académica proponer actividades que tengan algún impacto productivo en la región a mediano y a largo plazos, para sacar paulatinamente a las familias de su postración. Para ello se requiere una revinculación de la escuela con su entorno, porque nos hemos enfocado al trabajo aúlico, y el contacto con los productores del área de influencia y la problemática que arrastran se nos olvidan. Por tanto, en la actividad académica es necesario contemplar contenidos y actividades que tengan la mayor proximidad posible con su realidad y necesidades más apremiantes. ¿Tendría sentido de otra manera el quehacer escolar? Yo creo que no. Es necesario que los alumnos y la comunidad perciban este acercamiento para que establezcan la relación necesaria que tiene que existir entre las instituciones educativas y sus requerimientos porque la escuela es de ellos; y es desalentador que vean con desencanto que lo que ahí se hace, se volatiliza sin concreción alguna. Por otro lado, se requiere también que no se pierda de vista nuestra esencia nacional –he lamentado la mutilación del bachillerato histórico-social con la que desapareció hasta la historia patria- y se replanteen actividades orientadas al conocimiento y análisis de nuestra historia, raíces e identidad cultural. Aunque seguramente es mucho pedir con este enfoque tecnocrático y pragmatista que nos ha sido impuesto como consecuencia de la implementación de un modelo curricular basado en competencias, ordenado por el Banco Mundial y la voracidad descarnada e inhumana del mercado.

Pero volvamos a la cuestión de la educación en la comunidad. Las propuestas que he formulado más arriba, tienen que instrumentarse con carácter urgente, sobre todo por tratarse de una región y de un Estado (Zacatecas) en que el flujo migratorio es gravísimo, tanto así que en el imaginario colectivo predomina la idea de que irse a “Gringolandia” representa la solución definitiva al proyecto de vida de la mayor parte de las familias. Tocante a esto, es evidente que la educación de manera inmediata, no representa el único camino para resolver un problema tan grave. Tienen que ir paralelos a la acción de ésta, otros esfuerzos de los gobiernos en sus distintos niveles para revertir la situación de atraso que prevalece en el campo zacatecano desde los años setenta. Se requiere poner en marcha proyectos de desarrollo regional para propiciar el crecimiento económico y la generación de empleos, modificando además la política agrícola que, hoy por hoy, está dirigida en todo el país a beneficiar excluidamente a la pequeño-burguesía agraria relegando al olvido a los campesinos pobres. La educación hará la parte que le corresponde, esto es, modificará en forma permanente los contenidos y metodologías para estar en consonancia con las exigencias sociales. Porque si la escuela no se convierte en un factor de cambio y ascenso social, entonces perdemos nuestra vigencia y validez; es decir, lo que le da sentido a nuestra responsabilidad ética e institucional.
Junto a esto, hay otra cuestión que me preocupa sobremanera y ya he hecho referencia a ella: necesitamos disipar el espejismo de que educar equivale sólo a conseguir que nuestros estudiantes estén en posesión de tal o cual competencia de carácter técnico, no podemos establecer la igualdad: educación es lo mismo que capacitación técnica, porque entonces estaríamos percibiendo la realidad fragmentada y la educación perdería su carácter de proceso integral. Yo considero que lo primero que tienen que aprender nuestros alumnos, es a ver su situación social con objetividad y aprender a vivir en comunidad. El sentimiento comunitario adquiere un carácter definitivo, porque va a ser un catalizador que orientará su acción social y las relaciones intrínsecas que establecerá con los demás. Por ello, la instrucción escolar tiene que dirigirse a ampliar estas posibilidades para que podamos contemplar el advenimiento de mejores personas y de una sociedad más justa y democrática, que pueda ser el espacio natural para la formación de los valores y la promoción humana. Y esto lo digo porque con el nuevo modelo educativo nos hemos visto enseñando valores en medio de una realidad escolar que nos contradice por la tarde lo que enseñamos en la mañana. ¿A qué nos remite la realidad siguiente?: sanciones, castigos, reportes, suspensiones temporales o definitivas, bajas por X o Y motivos, reprobación, prohibiciones, exclusión, discriminación y un largo etc. ¿Será posible enseñar o siquiera hablar de valores en una realidad escolar estigmatizada por la desigualdad y el autoritarismo? La escuela popular mexicana debe ser transformada pero desde sus raíces, no desde un modelo educativo que no tiene sentido para muchos. Porque a través de estos mecanismos y otros más sutiles, el Estado en descomposición opera cabalmente su estrategia para la preservación del status quo favorable a unos cuantos. Convengo en que hay que fomentar valores y competencias, pero aquellas que modifiquen nuestro concepto de dignidad y el de nuestros estudiantes. Y por esta vía, tendremos qué volver a la cuestión aquella planteada por Freire: ¿Y quién educa al educador? ¿O debemos dar por hecho, que el profesor posee ya todas las competencias indispensables para que su quehacer devenga en las formación de sujetos libres, creadores y críticos? Él mismo da la respuesta: “Nadie educa a nadie, nadie enseña a nadie…los hombres se educan entre sí por mediación del mundo.” Esta afirmación implica que de nuestras condiciones concretas de existencia, -en tanto seres sociales- educandos y educadores tenemos que construir juntos los procesos instructivos dirigidos a la eliminación de la situación de opresión a que estamos sometidos; y por lo mismo, a la transformación de la sociedad desigual en la que la historia nos ha situado para el ejercicio de nuestra práctica educativa. Y todo esto dicho sea, para evitar el desliz pedagógico de terminar convirtiéndonos en apologistas de un modelo instruccional como si las puertas de las probabilidades se hubiesen clausurado y éste fuese el único posible.

Competencias genéricas y específicas en la reforma del bachillerato.

La Reforma del Bachillerato Tecnológico nos ha situado en un enfoque desde el que podemos definir a las competencias genéricas como aquellas que permiten a los estudiantes desarrollarse como personas. Uno de los rasgo centrales de este tipo de competencias es la transversalidad, la que implica que su desenvolvimiento y efectos no se limitan a un campo disciplinar sino que son transferidas como actitudes y valores a otras esferas de la vida humana para alcanzar mayores niveles de integración a una sociedad dada. Significa también que son destrezas que no están explicitadas en los temas y contenidos de los programas de estudio pero que, en gran medida, son una consecuencia del propio desarrollo curricular y de los procesos de interacción de los alumnos con su medio social y cultural, y debido a este carácter, podrán aplicarse a otras áreas o dimensiones de la amplia gama de relaciones del individuo.

Las competencias genéricas constituyen el perfil del egresado del Sistema Nacional de Bachillerato y se refieren básicamente a conocimientos, habilidades, valores y actitudes. Los conocimientos y las habilidades, darían lugar a lo que se denomina aptitud; es decir, en sentido estricto qué es lo que el egresado sabe hacer con un grado de eficacia probada y que servirá para solucionar un problema o satisfacer una necesidad determinada. Los valores, por otro lado, hacen referencia al conjunto de conductas y de sustratos éticos que son deseables en la vida comunitaria y que sirven en un momento dado, para construir respuestas que utilizarán para cohesionar de una forma u otra la relación humana. Por ejemplo: el respeto, la tolerancia, la responsabilidad entre otros, sin los cuales no podemos imaginar una marcha en sentido ascendente de las relaciones entre los miembros de un grupo social. Es más, el equilibrio y supervivencia de éste dependerá en gran medida de la observancia, fortalecimiento y práctica continuada de estos y otros valores consustanciales a los intercambios entre las personas.

Del análisis de los niveles de concreción del Sistema nacional de Bachillerato (SNB), se desprenden algunas reflexiones que desde mi punto de vista adquieren una importancia básica. El nivel de concreción referente a los planes y programas de estudio, o sea en la cuestión curricular, por ejemplo, está plasmado un proyecto de formación, las actividades y saberes en virtud de las cuales surgirá el ideal de ser social que más conviene a nuestra sociedad, desde la visión de la educación impartida por el Estado. Esto lo digo desde la posición de quienes estructuraron los programas y diseñaron el Modelo Educativo que nos ocupa, no desde mi convicción personal, porque si desde ella formulara una opinión o emitiera un juicio, seguramente afirmaría que el nivel en que “el obrero de la educación”, es decir, el profesor común –si es que habemos profesores comunes ya que encuentro algo singular en cada uno- puede incidir en aquel que hace referencia al currículum impartido en el aula, porque desde aquí, sus decisiones sobre planeación, desarrollo y evaluación del proceso de aprendizaje, evidencian los efectos de mayor importancia de la actuación pedagógica del maestro. Es en los aprendizajes, en la formación y la conciencia de los alumnos donde el docente tiene que “hacer sentir sus efectos”.

Es el aula, el espacio privilegiado del maestro, donde su autonomía puede alcanzar la dimensión más significativa, puesto que en otros niveles de concreción –como el institucional o el nivel escuela, gran parte de las relaciones y decisiones se articulan y determinan sin la intervención de lo que en forma no peyorativa he denominado profesor común. Es necesario discutir también la relevancia que adquieren en la toma de decisiones y en el rumbo de la educación la diversidad de formaciones, experiencias, historias personales, tendencias y convicciones de cada uno al interior de un centro educativo. Por un lado esto es bueno, porque en la diversidad siempre hay riqueza, pero por otro, es un obstáculo para alcanzar la unificación deseable y la articulación de un proyecto institucional en el que todos los actores remen hacia el mismo rumbo.

Al momento de concretar el proceso educativo, cada maestro desde propia concepción y entendimiento planteará las actividades que le conducirán a la construcción de sentidos en su quehacer, a un quehacer cuyas directrices fueron concebidas desde una realidad ajena a los intereses de sus estudiantes…desde la lógica del mercado internacional y de sus procesos de competencia y quizás alejada también de sus aspiraciones y posibilidades en cuanto a creador de situaciones de aprendizajes o responsable de un proceso formativo. Sin embargo, el fin no es descalificar de antemano lo que de positivo puedan tener los otros niveles de concreción curricular del Sistema Nacional de Bachillerato. Es claro por ejemplo, que jamás carecerán de sentido los aportes que se den en cada plantel en términos de adecuaciones curriculares, tutorías o actividades extraescolares ya que son parte sustantiva de la dinámica escolar y de la cotidianidad de los maestros. No obstante, respecto al asunto que nos atañe –el rumbo del bachillerato y las competencias- es definido “desde arriba” y sin la participación de sus ejecutores finales que son los profesores. Salvo en el nivel de concreción en el aula, sus propuestas –las surgidas desde la práctica pedagógica- rara vez llegan a tener una tendencia definitoria. Es así, porque el meollo de la cuestión está en la economía y en la política, esto es, son decisiones que se toman desde el poder, aunque para legitimar las decisiones se den los simulacros donde los profesores intervienen para decir después que “ellos fueron los que propusieron”.

Las competencias específicas garantizan la realización adecuada de un proceso o de parte de él, en tanto que en las genéricas se expresarán las peculiaridades del perfil de egreso del alumno en lo que respecta a los valores y percepciones que derivarán en la inclusión definitiva del sujeto dentro de un sistema social y económico dado. Por lo dicho, se establece que el sujeto posee las competencias suficientes y necesarias para lo que la sociedad espera de él, esto es, asimilar sus respuestas a las conductas y respuestas de la mayoría. Entonces el proceso homogenizador ligado al mundo de la productividad ha dado resultado. Pero además, y aunado a esta cuestión, es necesario observar que al concretarse la operatividad de un proyecto formativo, el docente se convierte en un instrumento más para objetivar la sujeción ideológica que el Estado ejerce sobre los gobernados a través de las escuelas públicas. Y todo esto dicho sea, reconociendo las bondades del acto pedagógico y de la multiplicidad de ventajas invaluables que conlleva. Pero aunque las escuelas como aparatos ideológicos orienten su actividad a la preservación de un sistema determinado en el que unos cuantos son los que toman las decisiones y definen el rumbo del país, eso no quiere decir que desde la propia dialéctica educativa e instruccional y todo lo que significa en términos de cultura y de generación de ideas, no puedan surgir proyectos que impulsarán el cambio social y la transformación de la visión que actualmente impera en el rubro educativo.

Pero volviendo a los niveles de concreción, en el nivel escuela al hacerse referencia a que las adecuaciones por centro escolar deben ser resultado de las necesidades educativas de la población estudiantil, pueden hacerse de este planteamiento dos lecturas que desde mi punto de vista son importantes:

a) La primera de ellas estaría encaminada a la rearticulación del proceso pedagógico -ya sobre la marcha- identificando las resistencias y obstáculos encontrados para salvarlos y eliminar las obstrucciones que impiden la concreción de los fines últimos de este plan de formación humana, que están plasmados en el Modelo Educativo y que tienen que ver con una vinculación más estrecha entre el quehacer de la escuela y el aparato productivo.

b) La otra pudiera interpretarse como las dificultades encontradas en el proceso de formación del estudiante, pero no en el sentido pragmático del término, pensando en él como alguien que al concluir un proceso, tendrá que resolver una tarea de carácter técnico, sino como una persona que a través de las herramientas cognoscitivas que la escuela le proporciona podrá revalorar sus posición y someter a juicio los fenómenos y procesos que se dan en su mundo, para incidir en él creativamente como un instrumento de cambio. El ser en formación, tendría que considerarse no como un apéndice del que se espera sólo la eficacia operativa o instrumental, sino de alguien con capacidad de decidir sus márgenes de libertad y actuación.

Por otro lado, la visión constructivista, sustento teórico del modelo educativo en discusión, aparentemente abre los espacios para la libre participación y creatividad del alumno: “Que los estudiantes sean responsables de su propio aprendizaje…” se ha dicho, pero se pierde de vista que todo el proceso educativo está enmarcado por las circunstancias institucionales que sobredeterminan la práctica pedagógica del maestro y las actividades de los alumnos. Es decir el constructivismo no enjuicia ni cuestiona la institución escolar y por tanto, los márgenes de libertad y autonomía de unos y otros son restringidos de manera significativa y las posibilidades de transformación institucional se eliminan. Por ello, si al hablar de competencias genéricas se hace referencia a las respuestas deseables que el Estado espera de los individuos para considerarlos “buenos ciudadanos” que han aceptado sin divergir las reglas de convivencia social impuestas, el modelo instruccional estaría cumpliendo con su cometido.






Bibliografía utilizada.

-(SEP-SEMS )Reforma integral de la educación media superior en México (2008)
-(SEP-SEMS)Competencias genéricas (2008)

Las competencias en la práctica docente.

El término competencia puede analizarse desde diversas perspectivas técnicas, políticas o éticas y alude de manera general a una serie de capacidades reales o potenciales para llevar a cabo una tarea o un proceso con grado plausible de efectividad. Es necesario reconocer que a raíz de su uso continuado –de un tiempo
para acá- se ha incurrido en una serie de imprecisiones surgidas de la multiplicidad de aplicaciones que han propiciado que la denotación de dicha palabra se evada o dificulte su comprensión.

En el ámbito educativo y merced a la influencia enorme y que en diversos sentidos han originado los procesos de globalización y libre mercado en países con economías dependientes y en vías de desarrollo como la nuestra, las competencias hacen referencia a las capacidades que los estudiantes deben desarrollar para insertarse satisfactoriamente en el mundo del trabajo para poder sobrevivir en su contexto social y en el que concreta sus intercambios ordinarios.

Las competencias nos remiten también a un fin primordial: la consecución de la estandarización de los procesos y resultados educativos que coadyuven a la certificación de las instituciones de manera que, cuando el sujeto social, intervenga en los procesos productivos -para los que fue preparado- pueda dirigirlos con la certidumbre requerida. En esta parte, indudablemente, las habilidades intelectuales, específicas y de relación social y actitud juegan un papel central. Sólo desde este enfoque pueden alcanzarse dentro de un proceso los resultados deseables u óptimos de acuerdo a parámetros previamente establecidos.
En la conceptualización de competencias se indican también “las capacidades de pensamiento crítico” como parte sustancial de las mismas. A este respecto quiero expresar una divergencia, pues la filosofía utilitarista de la productividad y la dinámica de los mercados internacionales de los que emerge en cierta forma el sentido actual del término que estamos intentando precisar, impiden el uso libre y creativo de la capacidad de imaginar. Esta afirmación se sustenta en que el carácter técnico y organizativo del proceso productivo sobredetermina la acción del sujeto sobre el mismo, de tal modo que la posibilidad de incidir críticamente es nula -o en el mejor de los casos- se reduce significativamente. Es necesario aseverar además, que esta precisión tiene validez general si al hablar del ejercicio del pensamiento crítico nos referimos a la capacidad creadora y ordenadora así como a los márgenes de libertad que debe de tener un individuo al momento de resolver un problema, enfrentar situaciones de conflicto o tomar decisiones que tengan que ver con su inmediatez. De todo esto se infiere en última instancia, que la acción libre del sujeto y el despliegue de sus capacidades constructivas y de pensamiento crítico, se coarten de antemano por un quehacer enmarcado, que busca desencadenar respuestas predecibles orientadas a la eficacia de un proceso.

El bilingüismo y la situación de los estudiantes que provienen de amnientes vulnerables.

Bueno es que se reconozca la necesidad y existencia de varias lenguas al interior de un país, en alusión a la afirmación aquella de que una lengua por país o por individuo ha dejado de ser válida. Eso es señal de inclusión y aceptación de la diversidad de las culturas humanas y de su desarrollo como expresiones propias. Por ello, el tema que hoy nos ocupa lo abordaré considerando la cuestión del bilingüismo en los alumnos originarios de contextos socioeconómicos en situación de desventaja, y algunos otros puntos que tienen que ver con el aprendizaje y la enseñanza de una segunda lengua.
Bilingüismo, propiamente dicho, en el C.B.T.a. No 138, no lo hay. Pero sí cabe señalar que Zacatecas es un Estado que está marcado por el terrible problema socioeconómico de la emigración, que tiene muchas aristas, que en determinado momento, pueden ser contempladas u objeto de análisis económicos o sociológicos entre otros. Consideraré únicamente, algunos tópicos que tiene que ver con la cuestión del bilingüismo. Si es que puede denominarse así, a un fenómeno sociocultural que no tiene un peso específico como instrumento de comunicación en la región y en la escuela a las que me he referido. Es significativo resaltar, que cuando emigran familias enteras y hay niños que crecen en los Estados Unidos de América o son nacidos allá, lo normal es que desde los primeros años hablen dos lenguas porque han estado sujetos a dos influencias lingüísticas: la del Español aprendido de los padres y la del Inglés, asimilado naturalmente en los procesos de intercambio experimentados en aquellos contextos. En tales circunstancias, los pequeños de diez o doce años, utilizan con fluidez terminología básica de ambas lenguas. Cuando regresan a sus pueblos, estos aprendizajes de otras lenguas, a nivel colectivo carecen de significado alguno. Es decir no trascienden. No hay ninguna influencia de la población emigrante como germen de bilingüismo a nivel colectivo. Permanece como una experiencia individual y aislada. En el caso de los padres, en su condición de adultos, la asimilación idiomática y cultural, raras veces llega a prosperar.
El aprendizaje del Inglés en nuestras escuelas, ha sido un hecho pedagógico que ha mostrado cosas interesantes. La primera es habernos permitido constatar lo complicado que es interesar a los estudiantes en una lengua que no es la propia, cuando se pretende enseñarla fuera de contexto. Lo poco que los alumnos aprenden, se da más en forma mecánica, que como resultado del gusto y de una comprensión integral. De tal manera que los logros son magros y muy alejados por tanto, de algo que pudiera denominarse bilingüismo. En este hecho tienen que ver muchos factores, tales como la condición socioeconómica, la inexistencia o escasez de medios en las escuelas y el pretender asimilar una idiosincrasia o cultura que no es la nuestra y como imposición económica-colonialista. Referente a esto, no hay que olvidar que uno de los instrumentos de dominación de un pueblo sobre otros, es el idioma. El resultado de las situaciones señaladas ha sido -salvo rarísimas excepciones- los bajos aprendizajes. Y esto lo afirmo con conocimiento de causa, ya que además de la información que he recavado de otros profesores, he vivido temporalmente algunas experiencias en la enseñanza del inglés, lo que me ha permitido, efectuar deducciones interesantes. Quizás la más significativa, es la influencia negativa que ejerce la inexistencia de vínculos de identificación cultural con esta lengua. Yo me pregunto: ¿En virtud de qué se podría aprender algo que se experimenta como totalmente ajeno a los intercambios sociales y lingüísticos vividos?

De una población de trescientos cincuenta alumnos, en mi centro de trabajo, sólo uno es bilingüe. Y quiero mencionar brevemente lo que descubrí. En las clases de -
Inglés se cohibía, sentía pena de que sus compañeros monolingües, se percataran de que hablaba bien otra lengua. Esto me lleva a pensar, que en determinadas circunstancias el contexto social y cultural inhibe, retrae las habilidades potenciales en la adquisición o expresión de una segunda lengua. Por otro lado, también advertí que hay una natural resistencia –diría yo- al aprendizaje del Inglés. Los alumnos le temen tanto como a las matemáticas. Mi hipótesis es que este rechazo es desencadenado básicamente, por las asimetrías existentes entre su fonética y expresión escrita; lo que ha dado lugar a problemas didácticos irresueltos todavía en los procesos de enseñanza-aprendizaje de esta lengua. No obstante, las transferencias positivas, el bilingüismo Español–Inglés, en tales circunstancias, sigue siendo una realidad muy remota todavía. Descubrí otra cosa que me llamó la atención: cuando los estudiantes captan el grado de dificultad en el aprendizaje del Inglés, disminuyen su interés en él y se alejan gradualmente. Pero a modo de compensación, le dan más tiempo, prioridad y esfuerzo a otras asignaturas con las que tienen más puntos de identificación. Aunque no hay qué soslayar que gran parte del problema se centra también en las insuficiencias de infraestructura y equipo. Las carencias han sido un estigma que obstaculiza permanentemente los avances en el terreno pedagógico, además de otras variables, que determinan en buena medida la situación señalada.
Pero volviendo al meollo del asunto que nos atañe, es de particular relevancia la cuestión aquella de que es más fuerte la cultura tradicional y popular que la influencia del inglés en los contextos de origen. Por este motivo, en el caso del aprendizaje de esta lengua, sólo se ha conseguido con enormes esfuerzos, una posesión mínima de habilidades significativas. Por otro lado, he corroborado -aunque no sea nada nuevo tampoco- las consecuencias severas del perfil socioeconómico de los alumnos en sus aprendizajes. Cabría en tal sentido, hacer referencia a lo afirmado alguna vez por el psicólogo humanista Abraham Maslow, que en su jerarquía de necesidades humanas, establecía el principio general de que el individuo no puede buscar la satisfacción de necesidades de orden superior, como las intelectuales, espirituales, etc., si no han sido satisfechas previamente las necesidades básicas, biológicas o de seguridad. Qué urgencia habría de aprender otro idioma, cuando hay carencias próximas de índole cognoscitiva que exigen ser resueltas, y que además comportan el rasgo distintivo de estar asociadas a su propia lengua. Si aceptamos la premisa de que el lenguaje, es algo que se construye a través de la experiencia, entonces hay una razón suficiente para que protejamos nuestras lenguas y culturas autóctonas, antes de ocuparnos en el estudio de lenguas ajenas o de discutir sobre los efectos favorables de la metacognición en los aprendizajes, o de las consecuencias filosóficas de la “estructuración” o la “extrema abstracción” de Chomsky. De nada serviría todo esto –aunque en sí mismo sea valioso- si nos olvidamos de fomentar nuestras raíces lingüísticas y del reforzamiento de nuestra identidad cultural. Un experimento formativo nada desdeñable, pudiera ser la enseñanza de lenguas prehispánicas en todos los niveles educativos y escuelas públicas, de manera paralela al inglés o a cualquier otra hierba maligna. Entonces veríamos lo que sucede. Así que si quieren, seguiremos discutiendo sobre bilingüismo, semiótica, filología y otras lindezas mientras la auténtica cultura mexicana agoniza y sus lenguas mueren… olvidadas por quienes deben rescatarlas y salvaguardarlas.

Situación de los pueblos indígenas considerando sus derechos en el ámbito internacional.

Es interesante la presencia de 350 millones de indígenas en el mundo. Esto por muchas razones. La primera es que sus derechos jamás han sido reconocidos ni respetados en ninguna parte. Otra, es que representan expresiones muy ricas de diversas culturas, idiosincrasias, cosmovisiones únicas, saberes y realidades. Por un lado , lamentamos su situación: y por otro, nos regocijamos al darnos cuenta de que han sobrevivido, a un proceso sistemático de exterminio – por parte de quienes en los diferentes países donde ellos habitan- poseen el poder económico y político; y un control estricto y excluyente de una cultura en la que no está contemplada su inserción. Me parece preocupante –aunque no me extraña – que en 2006 en la Asamblea General de la ONU, la propuesta sobre los Derechos de los Pueblos Indios no haya sido aprobada por un pequeño grupo de países. El texto no lo menciona… pero déjenme adivinar: “Los que se opusieron fueron los países ricos; aquellos que utilizando los tentáculos del capitalismo salvaje y depredador se han ido apoderando del mundo… aquellos a quienes los indios les estorban para sus perversos fines económicos. Neoliberalismo, globalización, colonialismo cultural e ideológico; en pocas palabras: destrucción de pueblos, culturas e identidades. Quieren quedarse con sus tierras y sus recursos naturales. Y para ello, la presencia del indio es indeseable. Hay qué hacer todo lo necesario para que dejen de existir… Desde mi punto de vista… así reza la lógica descarnada de quienes se oponen al reconocimiento de los derechos indígenas”.

Qué otra cosa podría esperarse de un mundo regido por unos cuantos y que está signado por el desprecio y el rechazo hacia todos los que son diferentes. ¿Acaso el mayor pecado de los pueblos indígenas no ha sido el ser distintos? Su vulnerabilidad es obvia en los contextos políticos y económicos de las sociedades actuales. Pero también es admirable su capacidad de adaptación y sobrevivencia. Esto lo han demostrado en sus expresiones culturales, en sus formas de organización y en su capacidad de resistencia. En todo su ser y su existir, se han revelado su nobleza, su carácter indómito y su reciedumbre. Y esta apreciación es válida para los indios de todos los países donde los hay, de todas las culturas y de todas las latitudes. Es significativo que México sea en América, -junto con Bolivia, Guatemala, Ecuador, Perú…de los países donde hay más concentración de población indígena. Pero también es altamente preocupante, que las condiciones sociales en que han permanecido, sean también, similares. “Permítaseme hacer un inventario -aunque sea doloroso confrontarnos con esta multiplicidad de realidades-, que muchas veces, hemos perdido ya, la sensibilidad de ver: pobreza extrema -los más pobres entre los pobres- desnutrición, analfabetismo, mortalidad infantil, muertes por enfermedades curables, y por parte de los gobiernos y otros sectores: explotación, desprecio exclusión, discriminación, segregación, exterminio y rechazo sistemáticos, represión hostigamiento, intolerancia y violaciones a los derechos humanos, entre otros. La realidad supera y con mucho esta descripción… los indios no me dejarán mentir. Además, es necesario puntualizar, que los problemas y situaciones señaladas en la mayoría de los países, -no son privativos de la población indígena-; sino que muchos de ellos, son compartidos en mayor o menor medida por otros sectores de la población que no pertenecen a ninguna etnia…” Por ello, La Declaración de Tepoztlán y muchos otros eventos de carácter no gubernamental o institucional, -en México y en otros países- han abierto desde hace mucho tiempo la posibilidad de reforzar la lucha por el rescate de los derechos y la dignidad del indio. Estos espacios les harán ver a los indígenas que no son indigentes ontológicos, que no están solos; que hay muchos hermanos indios y no indios en otras partes que han compartido desde siempre sus mismas carencias, problemas y aspiraciones. Es decir, la aspiración de ser un elemento decisivo y constructor en un mundo que le ha cerrado las puertas para demostrar todas sus posibilidades.

Reflexiones sobre derechos indígenas y medio ambiente a la luz del Derecho internacional.

Es un texto que contiene muchos aspectos interesantes y rescatables tales como: el respeto a la naturaleza, el aprovechamiento racional de sus recursos, las relaciones existentes entre el hombre y el medio, el medio natural como uno de los orígenes del Derecho indígena, una concepción de la naturaleza que afecta y da rumbo a su vida. Surge también la reflexión de cómo en la actualidad prevalecen prácticas depredadoras del medio natural, que revelan con certeza que hemos perdido todo vínculo significativo con la naturaleza -a no ser el de acercarnos a ella para extraer sus recursos indiscriminadamente- los nexos existentes entre la vegetación y las costumbres, los múltiples significados del maíz en su cotidianidad, por mencionar algunos. Es demasiado lo que se podría decir de cada uno.

Quiero referirme, aunque sea en forma muy somera a la relación espiritual que los indígenas tienen con la naturaleza. Para el indio, la tierra, la naturaleza en su conjunto, no es sólo el espacio limitado en que se despliegan temporalmente sus múltiples relaciones e intercambios y que le permiten en un momento dado, asegurar su existencia material. La tierra es además, el elemento donde está su origen, su desarrollo y las manos amorosas que lo cobijarán cuando muera. Por esto experimenta no sólo respeto por ella, sino también, una reverencia constante y una veneración mayúscula que trasciende lo material. Es decir, se ancla en los terrenos de lo espiritual. ¿Qué es lo espiritual para el indígena? Lo que germina y da origen a la vida: el sol que reaparece cíclica e interminablemente en el horizonte, el agua que se desliza por los arroyos y que sacia su sed, las plantas que refulgen con su verdor por doquier de las que extrae alimentos y medicinas, el calor del desierto, el maíz porque nació de él y es espíritu vivo, la luna que ilumina las noches, su cultura es también espíritu que clama, la luz que se propaga por doquier, el cosmos que vibra y con el que está en comunión permanente. Es algo de lo que no se siente aparte. Es más, se sabe parte de ello. Es la sangre y el sufrimiento con que está escrita su historia. Siente el espíritu de la naturaleza en las flores, en los animales, en el aire, en el murmullo de los ríos, en las montañas silenciosas, en el trinar de los pájaros, es creación y equilibrio, es música y armonía, es trabajo y sudor, es esfuerzo y es fruto… son cantos insospechados de su esperanza. Esta unidad indisoluble implica para él, una experiencia radical, profunda y definitiva. Y la deificación de los elementos de la naturaleza es una prueba irrefutable de ello.
Es inevitable el descubrimiento de una poesía inenarrable en todo esto. Se desprende de la relación sencilla y filial que las etnias de América han establecido desde siempre con la naturaleza. Este vínculo es espíritu puro. Ellos lo saben. Y significa que tienen conciencia de haber encontrado lo sagrado -en donde el estúpido hombre profano de la posmodernidad y el libre mercado- no hallan sino vías para saciar sus perversos intereses económicos. Se necesita comprender esto con la claridad requerida. Es sustancial para aquilatar suficientemente, la relación del indígena con su entorno natural, como algo que va más allá de lo inmediato y que se instala en lo espiritual y que adquiere dimensiones insospechadas.
Hacer este hallazgo, es descubrir una veta inexplorada que nos puede llevar por caminos más precisos para revalorar la complejidad y la riqueza del indio. ¿Entenderán todo esto los gobiernos neoliberales que andan mutilando sus tierras y paisajes construyendo autopistas y corredores turísticos, supuestamente para propiciar el desarrollo? Yo creo que no.

Derechos indígenas: un desafío para la educación.

La presencia indígena, como parte de nuestra realidad y cultura, es algo que no se debe eludir ni desconocer. Ahí están… enraizados en diversas regiones del país -en simbiosis con la naturaleza­- exigiendo de muchas formas sus derechos y hablándonos de distintos modos de su complejidad y sus concepciones únicas del mundo; pero también de sus rezagos, su miseria y el olvido de que son víctimas. Son alrededor de 12.7 millones de indígenas, que hablan 62 lenguas distintas, testimonio vivo y vibrante de culturas regionales vigorosas, que claman por su reconocimiento e inserción ontológica en un mundo mestizo, que les ha regateado siempre su lugar, un lugar que les corresponde por derecho de origen.

El levantamiento indígena en Chiapas (EZLN) el 1 de enero de 1994. dio lugar entre muchas otras cuestiones de carácter económico, político y social, al reavivamiento de la discusión inconclusa y olvidada por muchos, sobre los derechos de los indios en nuestro país. Los primeros encuentros entre los representantes del gobierno y de los pueblos indios, fueron bastante desafortunados…los posteriores también. Así lo percibimos en la historia reciente de los últimos 12 años, que hemos seguido de cerca todos los mexicanos y en donde se revela claramente la inexistencia de voluntad política del gobierno para entablar un diálogo franco, sin máscaras, con los indios, diálogo que tendría qué orientarse, al reconocimiento de la condición que les es propia; es decir…la de su pluralidad de visiones de la realidad y de sus formas de relacionarse con ella. Pero esto es algo que los mestizos no podemos entender, “cuanti menos el gobierno”.

Pero comentemos un poco lo referente a las modificaciones efectuadas a algunos artículos de la Carta Magna, a raíz de la firma de los Acuerdos de San Andrés Larráinzar en la primera fase del conflicto allá en el sur de México. El artículo 1º. recalca el rechazo a toda forma de discriminación… los indios de la etnia que sean siempre han sido discriminados. Me parece particularmente interesante lo que expresa el artículo 2º., en relación con las cuestiones de la identidad indígena, la autonomía, la libre determinación y los derechos; aunque los dos anteriores sean en sí mismos derechos. Estas modificaciones, tal como se especifican en el texto de la Constitución, no fueron suficientes; seguramente porque no incorporan gran parte de las demandas de los pueblos indios señaladas en los citados Acuerdos. El aprendizaje que tenemos, producto de nuestra historia como pueblo, -referente a la relación entre gobernantes y gobernados- es la de que el gobierno siempre dice una cosa y hace otra muy distinta. Y ello referido a la relación de los distintos gobiernos con los indios, cobra un sentido muy especial. La tradición autoritaria de la que provenimos, desde la época de Conquista hasta nuestros días -y en la cual estamos en gran medida incrustados todavía- ha propiciado entre otros efectos, una relación de menosprecio con nuestros pueblos originarios. Los indios han dicho en reiteradas ocasiones que cuando han reclamado sus derechos y el gobierno ha establecido compromisos o firmado acuerdos, nunca cumple. Por eso prevalece en el imaginario del indio una desconfianza hacia la autoridad. Y la razón, seguramente, está del lado de los indígenas. El reconocimiento de los derechos de los indígenas es fundamental. Este asunto no es posible dejarlo para después. Es algo que hay qué atender y, seguramente la educación puede aportar su parte. Pero consideremos primero, su derecho a existir. Y existir es eso precisamente con todas sus implicaciones. Porque existir sujeto es vivir condicionado, defenestrado; víctima del menosprecio…Eso no es vivir.
No se debe dejar que el gobierno decida todo. En este caso, sería utópico pensar: “hay qué esperar que los gobiernos generen las condiciones sociales, económicas y legales para que los indios puedan ejercer todos sus derechos, sin restricción de ninguna índole…” Y cuando digo que sería utópico, admito la posibilidad de que esto no llegue a suceder

jamás. Por eso considero que deben ser los propios indios los articuladores de un proceso de cambio en su relación con el mundo mestizo y no una propuesta que venga “desde arriba” ;y que las más de las veces , no son sino simulación de las instancias del nivel que sean, para dar a los gobernados la imagen de que están haciendo su parte…
Entonces según lo dicho, en el reconocimiento de este derecho fundamental, estarían incluidos todos los demás derechos: Libertad, autonomía, formas de vida y organización, costumbres y tradiciones, identidad y cultura…Pero además, el derecho a permanecer como propietarios originarios de las tierras que habitan, con derecho también al usufructo de esas mismas y de su trabajo… y es aquí donde ya no le gusta tanto al gobierno la idea…”

Pero, ¿Cuál será el reto de la educación de cara al reconocimiento e inclusión de los derechos de los pueblos indígenas? Al respecto propongo las siguientes líneas generales:

La premisa básica de un cambio sustancial es –desde una perspectiva institucional- que exista voluntad política del gobierno para transformar la situación indígena.

Como mexicanos hemos sido educados en la opresión, la desigualdad y el autoritarismo. Y por tanto nos hemos comportando en consecuencia. Es decir, hemos visto el problema de la desigualdad y la discriminación como algo casi natural; lo experimentamos tan cotidiano, que hasta dejamos de percibirlo como un problema. Del tal modo que es necesario ir ensayando nuevas formas de relación social basadas en el respeto y el reconocimiento del otro… eso que algunos han denominado alteridad. Esto para que funcione, tendría que originar una revolución cultural y la escuela sería sólo un espacio –de los más importantes por cierto- donde podrían empezar a darse la reinversión de valores y de concepciones de sí mismo y de los demás. Necesitamos primero reeducarnos gradualmente, bajo otros principios éticos de relación colectiva; que tengan como soporte la pluralidad de ideas, la diversidad etnográfica, donde la exclusión, ya no sea ni un recuerdo, donde la vida sea el valor supremo, donde se reconozca también la proximidad y las diferencias del otro como una posibilidad valiosa para enriquecer la vida humana. Dijeron los indígenas de Chiapas alguna vez, “Queremos construir un mundo donde quepan muchos mundos…” Esto me parece extraordinario, en virtud de que desciende desde lo abstracto y filosófico hasta lo concreto e inmediato, lo individual y lo comunitario… la aceptación de la diversidad y por ende de los derechos y la inclusión del otro que forma también parte de mi mundo, del mundo de los demás, del mundo de todos…

Pero, además de la escuela como institución social, están la diversidad de contextos que en la práctica social servirían de escenarios para descubrir e inventar nuevas fórmulas de vida colectiva, considerando como fundamento el respeto. El reto sería eliminar las relaciones intolerantes, que han sido producto de percepciones equivocadas. Además, resulta claro que la escuela no va a cambiar las ideas que prevalecen, sólo a través de los contenidos curriculares. Las ideas cambiarán por medio de la transformación de la relaciones sociales en general. La institución educativa, sin embargo, puede funcionar perfectamente como un laboratorio –discúlpenme la analogía- en donde los procesos de discusión e intercambio vayan generando poco a poco otra cultura…ya veremos qué resulta. Tal vez, perspectivas más humanas basadas en criterios de equidad y colaboración; y concepciones de la realidad socioeconómica que sean producto de la vida colectiva y no de unos cuantos… pero también, donde cada ser humano, tenga el espacio y la oportunidad para vivir con dignidad y sea visto igual que todos… incluido el indio. (sic) ¿No será discriminativo mencionarlos al último? (Mencionarlos al último no es discriminación es sólo un recurso retórico). Hasta luego.

¿Existen proyectos educativos del gobierno para los pueblos indígenas?

En Zacatecas no existe ningún proyecto educativo relacionado con los indígenas porque no los hay. Sin embargo diré lo que sigue. Los textos leídos que sirven de base para elaborar el presente trabajo, en realidad no aportan nada nuevo. En virtud de que, es conocida por la sociedad, la situación que ha prevalecido desde hace mucho tiempo, en los pueblos y comunidades indígenas. Hablar de los nexos que hay entre los planteamientos del Plan Nacional de Desarrollo 2007-2012, y las acciones concretas que se están llevando a cabo al respecto, -salvo escasísimas excepciones- es referirnos a una relación prácticamente inexistente… dada la magnitud del problema.

Por otro, lado el reconocimiento de que aún no se ha hecho lo suficiente por los indígenas en nuestro país, me parece una expresión de exacerbada hipocresía institucional. Es la aceptación de una omisión gravísima e intencionada –y formulada a ultranza- que sólo pretende lavar la conciencia del poder “al modo de Pilatos” y exonerar a los culpables que ya han sido colocados por el juicio de la historia en el sitio que les corresponde por sus acciones con los indios. El Estado, los gobiernos propiamente dichos, siempre han pretendido tener el control absoluto de los hilos con que se mueve el entramado de las relaciones sociales, económicas y políticas en México. De modo que, cuando se habla de proyectos enfilados al cambio de la situación que nos ocupa y que se propone el involucramiento de distintas instancias de gobierno, de las propias organizaciones indígenas y de otros movimientos de carácter independiente. Es claro que el gobierno persigue abanderar estos procesos para capitalizar las coyunturas, adquirir más fuerza y seguir manteniendo el control.

La inmensa mayoría de los mexicanos siempre hemos tenido una profunda desconfianza a todo lo que provenga del gobierno… a cualquier cosa en la que se perciba el hedor de las instituciones y las instancias que casi nunca solucionan nada. Y esto es absolutamente cierto al referirnos a la cuestión indígena. Este fenómeno, es producto de la relación sui géneris que ha existido entre gobierno y sociedad desde nuestra constitución como nación independiente. En la actualidad, este hecho ha llegado a desfiladeros impensables y si no que lo digan los defensores de los derechos humanos de los indios que han sido asesinados, encarcelados o desaparecidos. ¡Si Digna Ochoa hablara! Que lo digan los indígenas zapatistas masacrados por el gobierno, los que están presos todavía, si pudieran expresarse los reprimidos y asesinados de Atenco y las mujeres violadas a las que no se les hizo justicia… que lo digan los masacrados de Acteal… es más pregúntenle a Xóchitl Gálvez que fue lo que hizo durante su gestión en el organismo que presidió, que hablen los líderes de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca… y sería un ¡Qué hablen! muy extenso para el que el espacio diminuto de una cuartilla sería insuficiente.

De modo que, lo que el documento en cuestión señala respecto a este asunto es un catálogo de buenas intenciones y ya sabemos que, la historia nos lo ha dicho… “desde Fray Bartolomé de las Casas a la fecha… el camino por donde han transitado los indios ha estado empedrado de buenas intenciones …”


Diagnóstico de la población indígena en Zacatecas.

Según la información contenida en: “Los indicadores socioeconómicos de los pueblos indígenas”, sólo cuatro entidades de la república mexicana, no cuentan con presencia de población indígena: Aguascalientes, Baja California Sur, Colima y Zacatecas. Pero según datos contenidos en el INEGI, la población indígena existente en este Estado es escasísima. De acuerdo a los datos contenidos en el último censo realizado en el año 2005:

NOMBRE DEL MUNICIPIO

Tepetongo, Zac. : 32
Valparaíso, Zac. ( Sólo en la comunidad de Cuervitos): 32
Total de población indígena: 64


Las características socioeconómicas de esta población son las siguientes:

Pertenecen a la etnia de los huicholes se dedican a la agricultura y a la elaboración de artesanías que comercian en las comunidades o en las cabeceras municipales aledañas a los municipios señalados. El grado de marginación es altísimo pues no tienen una actividad económica que les permita tener ingresos estables. Además no se tiene conocimiento de que haya programas oficiales para subsanar este hecho. En tales circunstancias están orillados a la extinción.

Otra situación que deseo mencionar es que en la ciudad capital del Estado de Zacatecas, hay siempre indígenas huicholes, pero no de los originarios del Estado. Provienen de Jalisco y se dedican también, a vender artesanías en las aceras de las calles, en los puentes, y no pocos de ellos deambulan viviendo de la caridad pública.

Otro dato que llama la atención, es que recientemente la Gobernadora del Estado Lic. Amalia García Medina, lanzó una convocatoria para un concurso denominado. “Hablantes de lenguas indígenas prehispánicas en Zacatecas”, y después de estar abierta un tiempo considerable, se declaró desierta…

No obstante no haber población indígena en el Estado donde laboro como profesor, elegí esta especialidad por las siguientes razones:

a) Me interesa la problemática que han enfrentado siempre los indígenas y considero que es urgente abogar por su sobrevivencia, el rescate de su cultura y la defensa de su dignidad.
b) Zacatecas es uno de los Estados de la república que tiene -junto con otros estados- los más bajos niveles de desarrollo social y calidad de vida.


c) Los contextos socioculturales en Zacatecas son diversos y están caracterizados por la pobreza, el desempleo, la marginalidad y la escasez de oportunidades. Por lo que la emigración se ha incrementado los últimos años y se ha traducido en una fuga de capital humano, verdaderamente lamentable.


d) Por otro lado, la familia tradicional, se ve amenazada por otros factores que antes no preocupaban, tales como: el incremento del alcoholismo y la drogadicción en los jóvenes y las reducidas expectativas que hay para escalar socialmente y vivir con tranquilidad… sólo por mencionar algunos.

e) La cuestión educativa, ligada intrínsecamente a todos los problemas señalados, es aquí donde tiene qué incidir.

Análisis del concepto de cosmovisión.

La cosmovisión es el conjunto de representaciones existentes en la conciencia del hombre, como producto de su relación con el mundo natural y con los demás hombres. De esto se desprenden, el concepto que tiene de sí mismo y su forma peculiar de ver a los otros, al mundo de la naturaleza, y coadyuva a definir el lugar que ocupa dentro del cosmos.

La cosmovisión indígena, es resultado de la relación que ha guardado desde tiempos inmemoriales con la naturaleza. Pero se origina también, en la práctica social en general, entendida como la compleja red de relaciones, en que se expresa su hacer social. En buena medida, sus sistemas de ideas, reorientan de manera permanente su quehacer en el mundo de lo concreto.

La práctica social, determina la cosmovisión, pero, ésta última, afecta a su vez, los rasgos esenciales de la práctica social. Hay pues una afectación recíproca. Se influyen mutuamente. Aunque uno de los planteamientos más interesantes de Marx, es que: “No son los contenidos de la conciencia lo que determina el ser social; sino por el contrario, es el ser social, el que determina la conciencia…”

Esto significa que en determinado momento, la naturaleza de las relaciones sociales y las prácticas socio-comunitarias, influirán de manera decisiva en la cosmovisión… que la cosmovisión en las prácticas sociales. Hay una sobredeterminación de la práctica social sobre los sistemas ideológicos. Así, los valores, los principios éticos y las normas, serán resultado básicamente de las relaciones socio-históricas y en mucha menor medida, de la cosmovisión propiamente dicha; entendida como cúmulo de ideas y representaciones.

Del intercambio simbiótico y profundo del indio con el mundo de la naturaleza, emanan sus valores, principios e identidad. En pocas palabras… su esencia; pero también allí, tienen su origen los contenidos de lo bueno, lo bello, lo justo y lo correcto; y de su concepción de la vida comunitaria en general. Ello significa que, lo que el indio concibe de sí mismo y de quienes con él coexisten -en una relación espacio-temporal- no puede disociarse de la forma en que ellos conciben la naturaleza. Dentro de todo este orden de ideas, sus territorios, no los ven como sus propiedad, algo por lo que irracionalmente deban de entrar en conflicto para no perderlos; sino que a su tierra la sienten como su madre, como el germen del cual surgieron, la que les da el alimento que nutre sus cuerpos, el aire que respiran a cada momento, los frutos y las flores.

Por todo esto, se considera que la cosmovisión indígena, atraviesa de manera transversal todas sus dimensiones existenciales: desde la práctica social concreta, hasta la espiritual. Y el eje en torno al cual ocurre todo este “recorrido dialéctico”, es su imperativo de afirmarse ontológicamente… como si su historia milenaria no hubiese sido suficiente para tal hecho.

Cosmovisión de la región Sureste del Estado de Zacatecas.

El Estado de Zacatecas carece de población indígena. No es posible hablar por lo mismo, de la existencia de una cosmovisión en el sentido en que la hemos venido entendiendo: como una construcción milenaria que se puede deducir de la memoria colectiva de los relatos, testimonios, leyendas, mitologías y costumbres. Pero si partimos del hecho de que no hay pueblo o grupo humano que carezca de una concepción del mundo, de sí mismo y de los demás, es factible hablar en términos generales de la cosmovisión de la gente que habita la región del SE (que comprende 5 municipios) entre los cuales se encuentra Villa Hidalgo, Zac., en donde está ubicado el Centro de Bachillerato Tecnológico agropecuario No 138. La cosmovisión de la gente que habita la región señalada –si es que hay algo que en sentido estricto pudiera denominársele así por las causas ya indicadas- no tiene una orientación de carácter filosófico en el sentido de las culturas indígenas estudiadas hasta ahora. Su visión se desprende ante todo, de las condiciones precarias en las que tienen qué luchar día a día por su existencia, por la consecución de los bienes materiales mínimos necesarios que posibiliten su vida. La tierra es parte de este esfuerzo cotidiano. Pero la concepción que tienen de ella carece de la investidura sacralizada y espiritual concedida a la misma por las culturas indígenas. Esta situación incide, en que los vínculos hombre-tierra no sean tan profundos. Su cultura mestiza, como la raza a la que pertenecen está signada por la presencia del semidesierto, las sequías y los malos temporales contra los que hay que combatir en época de siembra. Así su futuro es azaroso a tal grado que desde hace unos veinticinco o treinta años, los flujos migratorios hacia el vecino país del norte se han incrementado tanto, que los recursos enviados de allá son oro molido para la región en particular y para el desarrollo del Estado en general. Esto ha motivado que su cosmovisión se haya fragmentado entre el amor al terruño, a la familia, a las raíces… y el “American dream” del que depende la estabilidad económica en buena medida en la mayoría de los hogares de la región. Entonces con la identidad escindida, mezclada con ciertas dosis de malinchismo, estamos en presencia de una idiosincrasia y una percepción del mundo que están experimentando metamorfosis agudas, a tal grado que la cosmovisión y las prácticas culturales y las tradiciones ya están muy mezcladas con las costumbres de los gringos. Lo que me parece grave de este hecho, es que tal influencia muchas veces es superior a la ascendencia cultural de las escuelas en nuestro empeño por la preservación de la identidad nacional: niños y jóvenes -como sus padres- sueñan con irse a trabajar a los Estados Unidos de América. Gran parte de los que emigran, luego de un tiempo regresan con todas sus percepciones y costumbres de origen deformadas, aunque los rasgos básicos de su cultura permanezcan intactos. Y es así, porque después de todo estuvieron sujetos a un contexto hostil y a un proceso agresivo de aculturación, empezando por el idioma y a muchos otros aspectos sociales propios de los anglosajones a los que no pudieron integrarse ni asimilarse en modo alguno. Por ello, la cosmovisión de los habitantes de esta región del Estado de Zacatecas –y creo que en buena medida la de la mayor parte de la población migrante del Estado- se ha ido trastocando gradualmente, hasta devenir muchas veces en el desdibujamiento de la identidad histórica-cultural y la pérdida gradual del amor a la tierra como fuente de sustento. Al fin y al cabo la mejor tierra es la que le da a uno de comer -dirían ellos- Identidad escindida no es identidad. En donde no hay claridad de conciencia sobre la importancia de la preservación de los orígenes y de las raíces de las que provenimos, tampoco puede haber por consiguiente, cosmovisión ni memoria colectiva.

¿Existe población indígena en el Estado de Zacatecas?

En virtud de la inexistencia de población indígena en la región del Estado de Zacatecas (SE) donde está ubicado el plantel en que laboro, consideraré la problemática que prevalece en los indígenas caxcanes en las comunidades de Mesa de Palmira, Tocatic y Cicacalco en la Sierra de Morones del Municipio de Tlaltenango, Zac.

Los problemas que enfrenta la poca población indígena (número indeterminado) de esta región, no son radicalmente diferentes de los que aquejan a los indígenas de otros Estados y regiones de México. “Los dolores que aquejan a esta comunidad indígena son el despojo de sus tierras comunales, el desprecio a su condición y cultura indígena y la represión que han sufrido por defender lo suyo.” (1) Es desalentador que la estrategia de exterminio se concrete a través de la sustracción brutal e ilegítima que se ha hecho de sus tierras y territorios. Esto evidencia -entre otras cosas- la inexistencia de un propósito definido e intencionado para revertir el atraso que han padecido desde hace cinco siglos, y que no han sido jamás contemplados como sujetos de beneficio por parte de las políticas públicas.

Hasta donde se tiene conocimiento el gobierno local no ha hecho ningún esfuerzo digno de tenerse en cuenta para mejorar la situación. Esta población de indígenas sobrevive en el olvido y en condiciones muy precarias. Además no se vislumbra por ninguna parte un resquicio de luz que transforme en el corto plazo los rezagos e inequidades en oportunidades de mejoramiento y posibilidades de autonomía en la cual pudieran ejercer todos sus derechos. Nunca se ha visto ninguna intención de cambio por parte de los gobiernos, así lo expresan los propios indígenas caxcanes: “Los problemas de las comunidades indígenas son los problemas de la tierra, sufrimos invasiones, queríamos difundir el patrimonio que nos dejaron nuestros antepasados, tenemos el derecho y la obligación de defender lo nuestro.” (2)

Desde la época de la Colonia el objeto principal de la discusión y la lucha indígenas ha sido la tierra. Porque la tierra es el espacio vital del indio, pero es también la fuente de la riqueza. Al arrebatarles sus tierras, les clausuran también la posibilidad de sobrevivir, de desarrollarse y de ser; es decir, de mantener las condiciones mínimas necesarias que garanticen la permanencia de su raza, culturas y tradiciones.

Por la defensa de sus derechos han sido víctimas de todo tipo de represiones y atropellos. El Estado en lugar de asumir la responsabilidad que le compete, por lo menos con la instrumentación de políticas económicas y proyectos de desarrollo para dar respuesta a sus necesidades -que sufren en silencio- responde con desprecio e indiferencia y arremetiendo contra ellos. Los indígenas reconocen esta realidad ingrata: “…hemos sido encarcelados por sostenernos en la lucha.” (3) Esto se puede ilustrar de diversas formas, pero tal vez el modo más claro es que el conflicto más perceptible no es de la población mestiza con los indios, sino del Estado contra éstos.

(1) Viramontes, Vladimir, Revista Rebeldía No 53. EZLN. Artículo: “El otro Zacatecas” P. 37.
(2) Ibidem.
(3) Ibidem.


El Estado es considerado por los indígenas como algo potencialmente pernicioso y que en determinado momento les causará daño, como efectivamente ha sucedido. Es un represor desalmado que en contubernio con los ricos y los caciques -de las regiones en que los indígenas están establecidos- les han ido quitando lo poco que les queda. Las leyes, lamentablemente de nada les sirven, ya que “…la ley es utilizada como instrumento de despojo, porque aquí los indígenas han sido despojados por la ley, atemorizando a nuestra gente la natural de aquí.” (4)
Son los poderosos coludidos con los gobiernos, quienes han perpetrado indiscriminadamente “…la invasión y el despojo a territorios de la comunidad, se comete por terratenientes que están invadiendo nuestro territorio indígena.” (5) Así lo han denunciado los indígenas caxcanes del Estado de Zacatecas. Son más explícitos y contundentes al decir: “Nuestra lucha es la lucha por la defensa de la madre tierra…” (6) con lo que señalan las injusticias de que son víctimas y a la vez los nexos profundos que los ligan a ella. Este vínculo entre la tierra y el indio lo encontramos no sólo en Zacatecas sino también en todas las etnias de México y del Continente Americano.

La tierra es el elemento más relevante en las cosmovisiones indígenas y que aparece como la constante en todas las culturas. Es el fundamento en el que encuentran el sentido de su existencia individual y colectiva. Este sentimiento de unión intrínseca con la tierra –no como propiedad- sino como un factor sustancial de su ser es uno de los aspectos más significativos que se identifican en la cosmovisión de las etnias indígenas zacatecanas.

La visión epistémica indicada en las ideas anteriores, sugiere algunos rasgos que pudieran servir para conformar un proyecto pedagógico nuevo enfilado hacia la interculturalidad. En base a esta aspiración reformular los planes y programas de estudio considerando la existencia de la diversidad a la cual irían dirigidos e incorporando además, la diversidad de visiones existentes en cada Estado y región y que ahora están en el olvido.

Es seguro que a través de la educación y de la práctica social continua, se podrá caminar poco a poco en la senda desconocida de la diversidad. Necesitamos soñar todos juntos a la sociedad mexicana como un conglomerado pluricultural y multiétnico que avanza inexorablemente hacia mejores formas de relación humana, en donde nadie sea excluido por nadie ni por causa alguna y todos seamos respetados y reconocidas nuestras diferencias. La meta debe de ser la creación de esa sociedad multicultural en la que sea reconocida y fomentada la dignidad de todos sus miembros.

Referente a la cuestión educativa y como un recurso central para avanzar en la creación de una sociedad intercultural con todo lo que ello implica, propongo las siguientes líneas generales de acción:

1. Voluntad política para cambiar las condiciones de vida que prevalecen en la mayoría de los pueblos indígenas.


(4) Ibidem.
(5) Op. Cit. p.38.
(6) Ibidem.

2. Respeto efectivo a los derechos de todos incluido el de recibir educación.

3. Estructuración de planes y programas locales y regionales que contemplen sus prácticas culturales, costumbres y cosmovisiones, aunque se mantendrá siempre abierta la posibilidad del aprendizaje de nuevos saberes provenientes de otras cosmovisiones y culturas.

4. En las escuelas interactuarán mestizos y etnias y se crearán las condiciones para que se generen procesos de aprendizaje recíprocos.

5. Creación de espacios educativos donde lo diverso pueda ser incluido, reconocido y valorado.

6. Establecimiento de centros educativos en los territorios indígenas, administrados y conducidos por los propios indígenas.

7. Los programas de formación humana intercultural se aplicarán dentro de un marco de respeto a sus culturas, costumbres y sistemas de ideas considerándolos como algo único dentro del abanico plural de la mexicanidad y como algo que es necesario preservar.

8. Este paradigma de formación humana concebirá a la interculturalidad como la piedra angular que servirá de base para la génesis de una multiplicidad de oportunidades en la que todos quienes intervengan salgan enriquecidos, lo que a la postre originará una concepción más incluyente e íntegra de la condición humana.

Dentro del problema educativo que plantea la interculturalidad considero que lo primero que es urgente tomar en cuenta, son las necesidades e intereses de los pueblos indios y de los grupos sociales más vulnerables que desde siempre han sido excluidos del desarrollo, estigmatizados por el desprecio y reducidos a una estadística más en las instancias de gobierno.

Para realimentar esta visión, es necesario aceptar de entrada que los acercamientos e intercambios entre grupos humanos poseedores de cosmovisiones distintas, resultan fértiles porque se crean las condiciones para el surgimiento de experiencias nuevas y de productos inéditos. Por lo menos debemos admitir que se dan espacios -impensables en otras condiciones- para que esto suceda. “De allí que el problema central sea como integrar al indio a la nación.” (7) Si la educación es el camino, abonaremos en ese sentido, sobreentendiendo que ésta no puede estar desvinculada de otras decisiones de índole político y económico que deben ir paralelas, a fin de que el proceso educativo en cuestión, pueda incidir en la construcción de la interculturalidad. Salvado este obstáculo, los demás bloqueos de relación e integración, se irán dando como una consecuencia de la relación cotidiana, de la praxis propiamente dicha.

A veces el nivel teórico de análisis deviene en esquemas simplificadores de la realidad que se pretende explicar. Con esto quiero decir que las cosas no serán tan sencillas como aparentan, ya que “la situación actual de los pueblos indígenas se explica como un proceso de empobrecimiento y de la opresión de la cual han sido objeto…” (8) y un cambio inmediato sería impensable. Hay que superar en la relación social el binomio opresores-oprimidos que ha signado la historia de nuestro mestizaje racial y cultural y que durante mucho tiempo nos ha impedido avanzar. Urge demoler la visión discriminativa que hoy por hoy marca la relación entre el Estado y las comunidades indígenas, para superar la contradicción existente entre el discurso y los hechos, porque es innegable que “los pueblos indígenas constituyen los sectores más olvidados en cada uno de los países.” (9)

De lo expuesto podemos inferir que la problemática que enfrentan las etnias en todo el continente, tiene muchos factores en común, que pueden ser aprovechados en este esfuerzo de integración. Los avances han sido pocos pues “el propio discurso del mestizaje ha terminado significando la desindigenización.” (10) los contenidos de las posiciones oficiales sobre la situación indígena por tal motivo, son altamente discriminativas. Significan pretender la integración de los pueblos indígenas al mestizaje y a todo lo que signifique en términos de desarrollo, a condición de que dejen de ser lo que son. Esto implica la pérdida de sus saberes y culturas. Para nuestro propósito de crecimiento en la interculturalidad, esto carece absolutamente de sentido, porque de lo que se trata es del respeto y reconocimiento a lo que son y a lo que representan como parte integrante de las culturas mexicanas. Lo que se busca es que en este proceso de integración no se ponga en riesgo el ser del indio en cuanto tal, sino todo lo contrario: tiene que implicar el construir todos juntos una sociedad más incluyente donde la diversidad étnica y su multiplicidad de expresiones tengan la posibilidad de expresarse y de ser.

Una sociedad con tales características es la idónea para que la conjunción de cosmovisiones dé a luz a una forma de organización social superior fundada en la dignidad, la libertad y el respeto. Ningún espacio sería más sano para el desarrollo humano que aquel en donde no hubiera un sistema de ideas que prevaleciera sobre otros, pues no se puede ser mejor ni más humano sobre la base del desprecio. No hay que olvidar además que la tradición es parte sustancial de lo que un pueblo es, porque es algo que se configura en el actuar diario, en las relaciones concretas que los sujetos históricos establecen entre sí. La cosmovisión como la realidad misma no es absoluta, única e inamovible sino que se está recreando de manera permanente, como una consecuencia de la evolución del hombre. Esta recreación hace referencia al dinamismo de que están investidos los elementos constitutivos de la acción humana y al papel que desempeñan dentro de la vida ordinaria. Y es así, porque “la cosmovisión no es producto de la especulación sino de las relaciones prácticas y cotidianas…” (11) Esto implica que de ninguna manera es resultado de un proceso de elaboración teórica o de deducciones filosóficas, sin contacto alguno con lo inmediato. Por el contrario, se estructura en el actuar diario. “En mesoamérica por ejemplo, el cultivo del maíz es una de las causas primordiales de la unidad histórica.” (12) y en torno a él se han construido gran parte de las relaciones porque es el soporte para su sustento y sobrevivencia. Es por esto un factor central de la cosmovisión de estos pueblos que junto a otros elementos de la naturaleza adquiere un carácter sacro.

(8) Op. Cit.
(9) Manriquez, Gálvez, Nelson. Op. Cit.
(10) Ibidem.
(11) Austin, Alfredo. Tamoachan y Tlalolcan p.15.
(12) Tovar, Marcela y Chavajay Míriam. Más allá de la costumbre: cosmos, orden y equilibrio. P.47.


Considerando los contenidos y significados de la amplia gama de cosmovisiones y grupos humanos que coexisten en nuestro territorio nacional, requerimos transformar la sociedad actual en una en la que la solidaridad y no el egoísmo sea la que marque el rumbo, en una en cuyas decisiones prevalezca el espíritu comunitario y no los individualismos que excluyen y zahieren, en una en la que abunde la consideración por los más débiles y no la pugna por los intereses ruines de acumular poder o la tendencia a defenestrar al que igual que nosotros lucha por encontrar un espacio en el cual sea factible ser… pero ser con dignidad.

Por ello, requerimos retomar el sentido que inicialmente se tenía del contacto entre las culturas: “en sus orígenes la noción de interculturalidad partía del reconocimiento de lo diverso y de la identidad.” (13) Este sentido, en gran parte lo hemos extraviado y hay qué rescatarlo ya que no es posible modificar la arquitectura de las sociedades actuales sin algún fundamento ético que guíe las conductas consideradas socialmente deseables encaminadas a tal fin. Es impostergable arrancar de raíz los disvalores que hoy pervierten los escenarios humanos y sustituirlos por otros que sirvan para edificar no para derribar, que sirvan para enaltecer no para degradar.

En virtud de lo dicho, considero que sólo se puede ser más humano en la medida en que se conciba a lo diverso como perspectiva para enriquecer lo que somos en tanto pluralidad. El debate sobre la cuestión de la interculturalidad debiera centrarse en torno a los derechos y a la dignificación de las etnias, pues por desgracia, “el enfoque se ha centrado en las condiciones subalternas de estos pueblos indígenas.” (14) lo que ha conducido inevitablemente a establecer con ellas una relación de superioridad-dependencia y la óptica errónea nos impele a verlos como inferiores. En esta visión de menosprecio derrumbamos antes de haber construido cualquier posibilidad de una interacción entre iguales. Tenemos que construir juntos un punto de arranque diferente porque “se ha partido siempre de las contradicciones y el conflicto social que plantearon la opresión nacional y la explotación social como los aspectos inherentes a la cuestión indígena.” (15) Este es el tamaño del reto y las dimensiones de la responsabilidad histórica. Todos estamos convencidos de que desde el poder nada va a suceder. El cambio tiene que surgir de abajo, no en forma vertical y descendente, nuestra experiencia como pueblo nos lo ha enseñado. Esa masa -a veces amorfa y titubeante- denominada por algunos “sociedad civil” tendrá que desempeñar un papel de gran compromiso en todo el proceso, considerando además, los aportes que indudablemente emergerán desde la práctica educativa que es lo que directamente nos atañe. Por estas vías y muchas otras que se irán construyendo sobre la marcha, conduciremos a buen puerto la creación de una nación más fuerte y vigorosa fundada en la justicia social y en el respeto irrestricto a nuestra diversidad étnica y cultural.



(13) Maya, Ruth. Reformas educativas e interculturalidad en América Latina. Revista Iberoameri-
cana de Educación No 17: p. 105 -187.
(14) (15) Ibidem.

Situación y vivencia de la interculturalidad en mi escuela.

La población en la región sureste del Estado de Zacatecas es mestiza. Por tal motivo, en el tema que hoy nos ocupa, haré referencia a la población en contextos vulnerables, es decir, en situación de atraso social. El nivel de desarrollo socioeconómico de esta región del semidesierto zacatecano es singularmente bajo, fenómeno atenuado por la existencia de agua en el subsuelo que ha permitido la explotación agrícola, que palia en regular medida esta circunstancia crítica. La pobreza extrema fue rompiendo gradualmente los lazos que los campesinos mantenían tradicionalmente con la tierra a la que estuvieron vinculados desde siempre porque era la que les daba el sustento. Pero la situación fue cambiando gradualmente desde principios de la década de los setenta del siglo pasado en adelante, cuando el campo empezó a entrar en crisis a raíz del agotamiento del Modelo de Desarrollo Estabilizador y que ha llegado a extremos intolerables después de la entrada en vigor del TLC. Los precios de la maquinaria, los insumos, los costos de la energía eléctrica para uso agropecuario y la falta de apoyo para revertir la situación de atraso estructural en el campo entre otros, devinieron en la escasa rentabilidad de este sector de la economía. Este hecho propició que desde hace poco más de tres décadas, lo flujos migratorios aumentaran significativamente, lo que ha representado desde entonces, una fuga de capital humano considerable que profundizó aún más la crisis que ya golpeaba severamente a los grupos sociales más desprotegidos. Entre tanto, la escuela como un microcosmos dentro del complejo escenario social descrito, pleno de contradicciones, ha seguido su marcha. Aparentemente muda e inerte a los cambios que han sucedido a su alrededor. Los intercambios en su contexto se han dado entre alumnos que pertenecen a un nivel socioeconómico similar. Si se dan diferencias entre sus miembros, la mayoría de las veces no son sustanciales, salvo rarísimas excepciones. Pero más que las diferencias existentes, la lucha por la sobrevivencia es el rasgo distintivo que tienen en común la generalidad de las familias que habitan en esta región. Aquellos que poseen una estabilidad económica relativa, la han conseguido con mucho esfuerzo. Unos del producto del trabajo en la Unión Americana, otros dedicándose al comercio, unos más a la agricultura de riego; que no obstante los bajos precios de sus productos en el mercado –porque el gobierno ha protegido a la industria y se ha olvidado del campo- han logrado satisfacer sus necesidades mínimas y mantenerse en pie en un contexto nacional que en lugar de considerarlos, los excluye y los rechaza, porque los pobres para quienes gobiernan siempre han sido un estorbo. En este sentido, en la situación de la población mestiza con respecto a la indígena del resto del país, no se observan diferencias palpables. Por otro lado, la política económica de carácter asistencialista y paternalista que caracterizó a las políticas públicas fue, ayer como ahora, símbolo de desprecio.

Referente a esto es necesario establecer que no habiendo diferencias significativas de raza, posición social y nivel de ingresos, la discriminación como fenómeno sociocultural, prácticamente no existe. Por lo menos no por las causas indicadas. Y es así en virtud de que no hay coexistencia de población mestiza e indígena. Entonces el proceso de integración humana al grupo social, no representa un problema. El hecho de compartir la misma condición los hermana porque la mayoría subsiste en un atraso semejante y la discriminación entendida como proceso de rechazo y exclusión prácticamente no se observa.

Las carencias que comparten y la lucha por subsistir, estrechan sus vínculos en lugar de disolverlos. En el contexto señalado, la educación y por ende, la labor cultural y concientizadora de la escuela, ha propiciado el surgimiento de visiones distintas, orientadas a superar la situación de atraso al concebirse en la percepción popular a la labor formativa de la escuela como un trampolín de acceso a mejores condiciones de vida. La función de la escuela –aunque en muchos aspectos esté a la zaga- no ha dejado de reconocerse. Y es además un instrumento social que estandariza, que diluye algunas diferencias entre sus miembros, lo que estrecha los lazos de identidad entre los alumnos, al saberse parte de un todo en donde son aceptados y su quehacer reconocido y valorado.
De modo que las relaciones sociales entre los habitantes de esta región del Estado y específicamente entre los estudiantes, más que estar caracterizadas por la convivencia intercultural, están marcadas por la lucha cotidiana por sobrevivir. Se vive, piensa y actúa en función de necesidades y de la pugna diaria por obtener los bienes que las familias requieren. Por tanto, la interculturalidad como no existe no representa un problema de integración humana. Así que más que pensar en tal situación como un conflicto que haya que solucionar, es urgente ensayar fórmulas que permitan el desarrollo económico y social. Y esto, sin lugar a dudas, no puede hacerse desde el aula, sino desde las políticas económicas –que no siempre son las mejores- y que deben de poner en marcha los tres niveles de gobierno y en las que debe de involucrarse la sociedad en general para allanar el camino a la construcción de una democracia participativa o directa y dejar atrás los simulacros sesgados que los políticos tradicionales y corruptos llevan a cabo actualmente para justificarse. No obstante la afirmación anterior, es obvio que la escuela siempre va a tener una parte importante que desempeñar, a través de su función culturizadora y educativa y que coadyuva permanentemente en una recreación de las relaciones humanas y de todos los procesos de interacción social, orientados a la creación de grupos y sociedades más justas e igualitarias, más creadoras y autónomas. Por ello, las estrategias docentes dentro del contexto que nos ocupa – y hablando ya de soluciones- tendrán que encauzarse a generar en los alumnos una conciencia de mayor equidad en las relaciones interpersonales y de grupo; pero también, una mayor apertura al reconocimiento y aceptación de la diversidad étnica y cultural como una experiencia que tenemos que vivir para ser mejores en todos los sentidos. Junto a las decisiones en materia política y económica, la escuela tiene que hallar procedimientos para estrechar los vínculos –ahora laxos- entre el hombre y la tierra, dándole otra orientación a los procesos formativos que se concretan en el contexto escolar en general. Porque junto a la aceptación de los demás hombres y a la pluralidad de visiones, en todas las escuelas debiera enseñarse el amor por la tierra y por la naturaleza, para experimentar nuevamente la comunión con las raíces extraviadas, propias de nuestras culturas ancestrales. Desafortunadamente no es así. Se ha trastocado la relación mística y profunda que existía entre nuestros antiguos indígenas y la tierra por un sentimiento de confusión y desprecio, porque la dignidad maltrecha de nuestros campesinos e indígenas agoniza. Entonces aquí estamos no sólo ante una dificultad educativa y cultural propiamente dicha, sino también y antes que todo, frente un conflicto de desarrollo social y humano que debe de ser atendido. Es un problema que trasciende los alcances de la escuela. De tal manera que en la región de la que hablo no está en cuestión la interculturalidad sino la búsqueda de alternativas para que el ser social mestizo pueda desplegar su capacidades e interrelacionarse con los demás en un marco de respeto y reconocimiento de la heterogeneidad que es algo que también está más allá de la cuestión étnica propiamente dicha.

Definiciones de interculturalidad y de educación intercultural.

En una sociedad tan compleja y diversa como la nuestra y desde la lógica del poder hablar de interculturalidad, pudiera parecer una aberración, algo innecesario y sin sentido, porque la sociedad -tal como la conocemos- funciona en base a las diferencias establecidas y a la desigualdad como condición necesaria para que unos cuantos vivan con todos los privilegios y la mayoría carezca de los bienes elementales. De modo que para vivir la interculturalidad, hay qué eliminar las condiciones que favorecen tales diferencias. Hoy por hoy, esta aspiración se muestra como un imperativo, sobre todo si queremos trascender como país ciertas rémoras que hemos venido arrastrando desde hace mucho tiempo y que han impedido la construcción de una sociedad en donde la pluralidad sea admitida como necesaria, para poder acceder a relaciones más justas socialmente hablando y a estándares de vida dignificantes. Gran parte del desprecio por lo diferente, tiene sus orígenes en el proceso de avasallamiento brutal de que fuimos víctimas como pueblo durante trescientos años (La época de la Colonia) y la dominación de la que fuimos producto nos hizo experimentar –más temprano que tarde- desprecio por todo lo que es distinto. Es una supervivencia manifiesta de la Conquista. Este argumento, aunque hipotético, es el germen de una multiplicidad de actitudes enraizadas que han bloqueado en nuestra conciencia mestiza, la aceptación de prácticas interculturales y el admitir como deseable la condición del otro, cualquiera que ésta sea. El problema está en cómo cambiar la percepción que tenemos de nosotros mismos para poder modificar la concepción que tenemos de los demás y enfilarnos hacia la aceptación de la diversidad. En este contexto la interculturalidad significa que todos quienes somos parte de este conglomerado humano denominado México, percibamos las diferencias existentes entre nosotros, que se hacen patentes por la raza, las lenguas, la situación económica, la condición social y cultural, entre otras y que no obstante este reconocimiento –que debiera de ser un descubrimiento maravilloso y extraordinario- veamos en la convivencia constructiva y edificante, el camino para la creación de una sociedad diferente basada en el respeto y en la colaboración. Para alcanzar una experiencia humana semejante, se requiere transformar la cultura, des-aprender lo que hemos asimilado como cierto y reeducarnos gradualmente bajo esquemas y paradigmas éticos más humanos e incluyentes. Estos nuevos aprendizajes se tendrían que dar desde todos los ángulos de las relaciones sociales y en todos los espacios, ya que no es fácil deshacerse del fárrago de prejuicios e ideas erróneas que están incrustadas en lo más profundo de nuestro ser social y que hemos aceptado desde hace muchas generaciones como aceptables y ciertas. Las relaciones de las que hablo han estado signadas por el desprecio, la intolerancia y el racismo. Eso nos ha dividido en lugar de unirnos… nos ha debilitado en lugar de fortalecernos. En pocas palabras, nos ha conducido a despreciar lo que es nuestro, lo que somos en esencia. Pero la inversión de valores que propongo, no se va a dar por generación espontánea. Se requiere incluir en todos los intercambios y mecanismos sociales y culturales, formas de relacionarnos que coadyuven a trascender poco a poco la condición de odio y menosprecio a los que son distintos. Tiene que ver con un concepto que me gusta mucho por todo lo que implica: aceptación de la diversidad. Hay que allanar el camino, incorporando ideas y modos de relación humana que posibiliten el tránsito de una interrelación sujeto-sujeto que ha tenido como soporte la intolerancia, a otra que se oriente por la inclusión de lo diverso. Una sociedad es tanto más humana cuanta mayor

23

capacidad tiene para reducir las diferencias entre los miembros que la integran. Un cambio en este sentido es posible. Y considero que una de las instituciones -entre otras- que desempeñarían un papel clave en tal cambio es la escuela. Se requiere educar en la interculturalidad para crear una sociedad mejor, más equitativa. Necesitamos derribar las concepciones de escuela y educación que funcionan como una criba e instrumentos de exclusión y discriminación basados en premios, recompensas y castigos. Desde la academia se puede impulsar una transformación ética sustancial para abonar a favor de la educación intercultural. Aunque no hay qué olvidar que las escuelas –al decir de Louis Althusser- han funcionado como aparatos ideológicos que reproducen las formas esenciales de la ideología burguesa dominante. Aparentemente tal ideología, representa a las escuelas como un medio neutro desprovisto de ideología. Por ello, si queremos crear una sociedad distinta construida en el reconocimiento pleno de la interculturalidad, es necesario que las generaciones actuales y las venideras, sean educadas bajo patrones axiológicos distintos, que vivencien las diferencias de unos con otros y que estos aprendizajes se transfieran a la compleja trama de las relaciones sociales en general. La escuela intercultural tendría mucho que decir. Los alumnos formados de esta manera, serían mejores personas, porque se reconocerían a sí mismos en los demás. Las aspiraciones y anhelos de los otros serían los propios. Las diferencias habrían dejado de existir. ¿No sería esto extraordinariamente benéfico? Cuestión de cambiar el carácter de la escuela y de modificar o rediseñar el papel que debe desempeñar en la realidad nacional. Debe dejar de ser un aparato ideológico de Estado, en el sentido señalado, para constituirse en el espacio privilegiado en donde los niños y los jóvenes, junto con las generaciones de adultos, exploren el significado de la interculturalidad y vivan la riqueza surgida de la diversidad y aprendan también el significado del respeto, pero no como una imposición arbitraria, formulada desde afuera, sino como un hallazgo que los puede llevar a una experiencia colectiva encaminada a descubrir todas sus posibilidades.

Implicaciones de la cosmovisión local en la educación tecnológica.

Considerando las ideas vertidas en las cosmovisiones locales y regionales existentes en gran parte de nuestro país, deduje algunas propuestas centrales que pudieran considerarse –si es que el Banco Mundial y el proceso globalizador nos lo permiten- en una reestructuración curricular para diversificar los elementos orientados al cuidado de la naturaleza y al fortalecimiento de la identidad cultural en nuestro país. Esta propuesta, está dirigida en parte a resarcir el daño caudado por la “reforma” curricular reciente que mutiló el bachillerato de la educación tecnológica, privilegiando las ciencias exactas y las correspondientes al componente de formación profesional y eliminando las asignaturas de humanidades que estaban encaminadas a la formación de la conciencia histórica y crítica de los estudiantes. El desprendimiento de estas asignaturas del plan de estudios, supone un intento de clausurar el diálogo y el cuestionamiento de los estudiantes sobre sus orígenes y el reconocimiento integral de su realidad. ¿No es acaso una aberración que haya desaparecido la asignatura de Historia de México por ejemplo? De por sí hay un desconocimiento garrafal de la historia patria y con este enfoque tecnocrático que se nos está imponiendo desde afuera, seguramente la situación va a estar peor, y por lo menos en el asunto que nos ocupa no vamos a llegar ninguna parte. Busco además -con estas ideas sueltas- fomentar el conocimiento de las realidades indígenas y una revalorización de nuestras raíces.

1. Incluir la asignatura de Historia Nacional –o como guste llamársele- en los seis
semestres del bachillerato.

2. La inclusión de una materia denominada: “Expresiones culturales y arte prehispánico”, de la que pudieran derivarse a su vez, asignaturas que cada semestre abordaran aspectos artísticos y culturales diferentes.

3. Una materia que se llame: “Literaturas indígenas”. Cada semestre se estudiarían en asignaturas diferentes todas las expresiones existentes en nuestro país.
4. Que se contemplara la enseñanza de las lenguas prehispánicas.

5. Otra asignatura que se llamara “Elementos constitutivos de las cosmovisiones indígenas en la América India”.

6. Una materia que se denomine: “Las filosofías indígenas de México”.

7. Considerar la asignatura de Ecología en todos los semestres del Bachillerato

8. Una asignatura que se llamara: “Cuidado de la naturaleza y el aprovechamiento racional de sus recursos”.

9. Otra asignatura que se llamara: Plurietnia e Interculturalidad.

Y que junto a este cambio en educación tecnológica, se optara por transformar verdaderamente, la forma de vivir de los indios, porque de otra manera esto de nada serviría. Necesitamos eliminar la soberbia de ser mestizos para poder reconocer con humildad la grandeza de los pueblos indios.

Cosmovisión del pueblo Tojolabal.

En verdad es sorprendente descubrir los nexos tan estrechos que existen entre las estructuras de lenguaje de los indígenas tojolabales y su cosmovisión. Lo que demuestra una vez más, que pensamiento y lengua están íntimamente interrelacionados, lo que se manifiesta en formas específicas de paralelismo y organización que afectan de manera sustancial su manera de estar en el mundo… es decir, coadyuva a que orienten su quehacer y tengan conciencia de su posición en él, hecho que determina también el modo único de concebir su existencia junto a la de los demás. La intersubjetividad está presente en el lenguaje, es inherente a su cosmovisión y se revela en la relación social, aunque pudiera no parecer nada extraordinario, en virtud de la naturaleza del hombre, proclive siempre a establecer vínculos. Esta correspondencia entre pensamiento-lenguaje-relación humana expresa la desbordante complitud de su cosmovisión como algo indivisible y singular. Pero también quiere decir otras cosas, como por ejemplo, que las personas no se perciben como entidades separadas de los mundos natural y humano. Por el contrario, se sienten unidas al cosmos y a la naturaleza, en todo encuentran la animación y el principio de vida. Es más, en la visión biocósmica, la integralidad del mundo material está animada, y dentro de él se concreta la multiplicidad de relaciones de unos hombres con otros, relaciones que están marcadas invariablemente por la idea de igualdad, lo que nos remite, sin duda alguna a su grandeza humana. Esto es lo que indica la intersubjetividad: el no imaginarse como seres separados. Aunque también es la característica constitutiva de una manera especial de ver y actuar en el ahora, que requiere ante todo acción recíproca y una desmesurada claridad de todas las causas y procesos de la realidad con la que interactúan y de la que son parte.

Reflexión sobre la relación existente entre los saberes académicos y los que se aprenden fuera de la escuela.

La entrevista aplicada a los alumnos del C.B.T.a. No 138, constó de diez preguntas, que tuvieron como propósito identificar la relación existente entre los conocimientos adquiridos en las escuelas (saberes académicos) y los aprendidos fuera de ella (saberes no académicos). Los resultados arrojados por este instrumento fueron interesantes, no obstante haber considerado sólo una muestra reducida –seleccionada aleatoriamente- del universo total de los estudiantes existentes en dicha institución.
Estoy convencido de que para establecer con precisión, alguna suerte de generalización que tenga cierto grado de validez, consideraremos de inicio que los aprendizajes o saberes, se efectúan en formas y contextos muy diversos a lo largo de la vida. Estas situaciones de aprendizaje, van desde las más ordinarias, como el contacto con las demás personas o la necesidad de resolución de algún cálculo matemático elemental, hasta aquéllas que están planteadas sistemáticamente -las de las aulas, laboratorios, talleres y el campo- y que tienen como fin, que los aprendizajes se den. Entonces, es una verdad indubitable que aprendemos en las circunstancias y condiciones más disímiles –incluso a pesar de nuestra voluntad- y sin que seamos conscientes de ello, como una respuesta permanente a las exigencias de adaptación que nos plantean los medios natural y sociocultural en que nos desenvolvemos.

Partiendo de las implicaciones de la aseveración anterior, mencionaré los aspectos más relevantes que descubrí en el análisis de la información vertida por las entrevistas mencionadas. Uno de ellos es, la relación surgida entre los saberes que son resultado de un proceso intencionado y aquéllos que no son producto de éste; sino que se originan como una consecuencia espontánea y a veces necesaria de la cotidianidad; a los que por cierto, no consideraríamos menos ricos o dignos de tenerse en cuenta. Y es así, porque surgen del sinnúmero de relaciones e intercambios que efectuamos diariamente, en todo momento con las cosas, las personas y las ideas.
Las conclusiones y consideraciones a las que llegué -aunque no tengan un carácter definitivo- son las siguientes: Los estudiantes saben hacer con precisión la distinción entre saberes académicos de aquéllos que no están revestidos de tal condición. Esto a primera vista, carece de significación especial pero no es así; ya que denota la diferenciación de las esferas de la realidad social, en que desarrolla su quehacer como ser comunitario, lo que no es poca cosa. El 80% de ellos, acepta que la mayor parte de sus conocimientos provienen de las vivencias ocurridas en el contexto escolar. Por lo menos hasta la edad que tienen los estudiantes de bachillerato (entre 15 y 18 años con algunas excepciones).
Este convencimiento es importante por dos razones: la primera, porque implica el reconocimiento tácito de la influencia decisiva de las instituciones escolares y de la nobleza inherente al quehacer de las mismas en nuestra sociedad. Y la segunda, porque sugiere el imperativo de innovar, a quienes estamos asumiendo esta función social. Nos lleva, ciertamente, a la necesidad de plantear situaciones de aprendizaje cada vez más diversas, que tengan sentido y significados para los alumnos, actuaciones pedagógicas en las que debemos de estar a la altura de las circunstancias.

Entonces, según lo dicho, saberes académicos y saberes no académicos son nociones perfectamente diferenciadas por lo aprehendentes. Aunque ellos saben que la escuela es parte de su propio mundo, ya que desde los primeros años acuden a ella, y asumen por lo mismo, que no está disociada del todo de las experiencias que experimentan fuera de su seno y le reconocen además, un carácter primordial e inmediato a gran parte de los conocimientos adquiridos.

Desde esta percepción de los orígenes de los saberes, sólo el 20% de los entrevistados afirman que -la escuela, la familia y el medio social en general- influyen por igual en los aprendizajes. No obstante que las relaciones sociales en su concepción más amplia, dan lugar a aprendizajes de gran complejidad, en las respuestas dadas, son reducidas a segundo término. Aunque a este respecto, yo me inclino a pensar –que por lo menos en los primeros años de la vida humana- el proceso es a la inversa de como lo sugieren los resultados obtenidos. Es decir, la escuela moldea y configura las tendencias que las personas ya poseen por naturaleza y las adquiridas en casa. Los rasgos heredados son reforzados o transformados por los efectos innegables de las circunstancias ambientales que enmarcan el desarrollo en las primeras etapas y que, en buena medida, también lo determinan. Además, no debemos olvidar la influencia recíproca que está presente en la mayor parte de los procesos.
Me sorprende también, que el 60% de los alumnos entrevistados, admitan que las actividades que más les gusta realizar, son aquéllas que tiene que ver con las materias que cursan. No dudo que muchas veces así sea. Pero digo que es sorprendente, porque a lo largo de mi práctica pedagógica, he observado que las constantes han sido el bajo rendimiento académico y el desinterés por los contenidos de aprendizaje en casi todas las asignaturas. ¿Qué no debiera de haber una relación directamente proporcional entre el gusto por las actividades académicas y los niveles de aprovechamiento?
Si estamos de acuerdo con las tendencias de las respuestas dadas, hay una sobredeterminación de los saberes académicos con respecto de los que no lo son. Y nuevamente no estoy de acuerdo. Porque si así fuera, todas las personas educadas e instruidas serían buenas y esto no siempre es cierto. Y además me he dado cuenta al paso del tiempo, que muchas veces, la escuela no logra rescatar a los alumnos de las influencias negativas y desintegrantes de que están plagados los medios familiar y social. Si así fuera, la institución escolar sería la panacea para resolver todos los problemas sociales. Aunque creo que en determinadas condiciones pudiera efectivamente serlo. Me voy a poner romántico: según las respuestas dadas y para beneplácito de todos, en el imaginario colectivo todavía se yergue enhiesta la egregia presencia de la escuela como creadora y recreadora de saberes; lo que no implica que desconozcamos la influencia decisiva de otras instituciones sociales como las iglesias o la familia. La función de los centros educativos, sigue siendo insustituible y por tanto, hay que salvaguardarlos y fortalecerlos. Visualizar esto, también me motiva a reafirmar lo siguiente: -aunque no sea nada nuevo desde luego- los saberes inician en el hogar. Después, estos aprendizajes, sentimientos, valores y emociones se extrapolan y diversifican, en las múltiples dimensiones del proceso socializador preconizado por la escuela. Desafortunadamente, muchos de los logros alcanzados son pervertidos por la “jungla social “, cuando los alumnos se internan en ella en su intento por sobrevivir.
Considero que lo importante de todo esto, es que la sociedad en general, admite la existencia de vínculos pedagógicos entre lo que hacen la familia, la escuela y las determinaciones del contexto sociocultural en su conjunto.
De cualquier manera, identifico también algunas contradicciones en las respuestas. Por ejemplo, en otra pregunta que les planteo referente a la relación que existe entre lo que se enseña en la escuela y sus necesidades; el 80% responde que hay una “relación regular” entre ambas, en tanto que el 20% asevera que existe ”poca relación” entre los saberes académicos que la escuela impone y sus necesidades en la realidad exterior. Es claro que no lo expresan con estas palabras pero yo lo traduzco así. En otras respuestas, reconocen que lo que se aprende en la escuela es interesante y útil, no obstante la desconexión aparente entre lo que la escuela proyecta y ejecuta y lo que los alumnos requieren para resolver su inmediatez. Esta deducción me conduce a pensar en dos cosas distintas: Debemos estar replanteando y rearticulando de manera permanente lo que hacemos en las escuelas, para estar en consonancia con las exigencias exteriores y no ser rebasados por la realidad que avanza más rápido que las soluciones que ofrecemos al problema educativo; y para justificar además, nuestra vigencia social como institución que ofrece alternativas de formación humana. Me preocupa también, el desconcierto de los estudiantes ante las alternativas de desarrollo intelectual que les ofrecemos, ¿Dónde estará el origen de su desasosiego? Quizás obedece a lo que Pierre Bourdieu definió como la violencia simbólica ejercida a través de los contenidos de aprendizaje, que terminan por no significar gran cosa para sus destinatarios finales. O como dijera Montessori, es pues, la persona humana la que hay que considerar. Y esta afirmación sería ahora más verdad que nunca, cuando prevalece en la toma de decisiones en educación, los referentes de la lógica cruel del mercado y la economía.

Saberes lógico-simbólicos, históricos y estéticos.

Lógico-Simbólicos:
Su influencia en la organización del conocimiento hegemónico.
El autismo de la escuela-institución como reacción al desorden cultural.
La dispersión cognitiva de los estudiantes.
La imposición de saberes que no encuentran resonancia en los alumnos.
Son saberes que permiten descubrir y juzgar todo lo demás.
La importancia de los saberes lógicos reside en su sentido pragmático.
Son saberes que representan horizontes del saber en cuanto a su capacidad de forjar una mentalidad en consonancia con el mundo del conocimiento.
Surge la posibilidad de plantear los límites de este tipo de conocimiento y la necesidad social de otros tipos de saber.

Históricos:
La devaluación del conocimiento histórico.
La deshistorización de la sociedad en beneficio del presente.
La identificación de las claves en el pasado para descifrar el presente.
Identificar lo que hacen de modo distinto las culturas.
Superar la historia que encierra a los individuos en su aldea local o nacional
Revalorización de las memorias locales y minoritarias.
La construcción de nuevas narrativas históricas plurales.
Los saberes históricos como aptos para interpelar la conciencia histórica.
La necesidad de construir una historia con claves del presente.
Evitar los determinismos de toda especie.
Superar la eterna repetición de lo actual y la posibilidad de debatir sobre futuros alternativos.

Estéticos:
Revalorar los saberes que el racionalismo moderno relegó al campo de la imaginación y la creación estética.
El reconocimiento de los saberes que entrañan las formas de lo expresivo
El reconocimiento de la pluralidad de la inteligencia.
Asumir los saberes que hacen parte de los modos y de las estructuras de sentir.
Descifrar las prácticas en que se fusionan el arte y la tecnología.
Los saberes transversales crearán malestares profundos en las áreas especializadas.